Esa maleta llena contiene mil promesas e idéntico número de compromisos para invocar al placer y el disfrute. Sonrío al verla porque significa que acaricio el deseo imaginado desde el invierno. Ese sueño realizado sugiere infinitas posibilidades de ocupar y perder el tiempo. Un espacio vedado a lo corriente. Días para llenar de recuerdos y lugares lejanos, conversaciones con gente que conoceré y desaparecerá sin dejar apenas rastro en mi vida.
El verano es, sin embargo, un paréntesis con fecha de caducidad. Un hechizo que pierde vigencia cuando el calendario trasparenta septiembre. Un periodo cíclico y efímero que de un día para otro nos espanta y arroja de esa rutina que saca o dota de contexto y sentido a la personalidad y el quehacer. También es un intervalo de tiempo fechado que favorece el rencuentro con la conciencia propia. Una mirada sostenida al espejo que refleja el cauce y el balance de ganancias y pérdidas resultado del año. Período de convalecencia y cura.
Pienso que idealizamos cada verano porque es una pausa que nos permite variar perspectiva, poner tierra de por medio entre lo que somos y lo que en realidad ansiamos ser. Para ello nos embarcamos estos días en viajes que comienzan siendo huida pero que finalizan por costumbre en rencuentro. Y es que huir de nuestros deberes e identidad no es posible aunque lo pretendamos con intermitencia y a ratos; uno es quien es a pesar de que se rodee de gente distinta y recorra en globo la vuelta al mundo, se vista de harapos o seda, vaya o esté.







