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«Se van con las manos ensangrentadas»
Ulster saluda que el Ejército británico traspase la seguridad a la Policía, mientras recuerda a las trescientas personas, la mitad civiles sin vinculación con el IRA, muertas por los soldados
05.08.07 -
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«Se van con las manos ensangrentadas»
RELEVO. Un policía norirlandés monta guardia junto a una de las torres del Ejército en Armagh. / EFE
Cuando en agosto de 1969 los primeros soldados del Ejército británico fueron desplegados en Irlanda del Norte pensaron que su misión duraría tan sólo unas semanas, como mucho, seis meses. Nadie imaginó entonces que la que luego se bautizaría como 'Operación Banner' se podría convertir en la campaña militar más larga de la historia de Reino Unido.

Su despliegue aquel verano no fue silencioso. Sí lo ha sido su retirada. Y es que, aunque el 31 de julio de 2007 se recordará en los libros de Historia porque supone un paso más en el proceso de paz de la región, los soldados se marcharon ese día sin grandes ceremonias y sin cantar victoria.

Hace 38 años llegaron miles, procedentes de bases de todo el mundo. Uno de ellos es Mike Jelf, que recuerda que el escenario era desolador: «Fue nuestra primera experiencia en una zona de guerra. Todo estaba lleno de basura, todo estaba quemado, las calles vacías Ese olor a goma chamuscada ha permanecido conmigo desde entonces», recuerda.

Curiosamente, fueron enviados por el Gobierno de Londres a petición del Ejecutivo unionista de la región para proteger a la comunidad católica de los ataques de los protestantes porque la Policía, mayoritariamente de esta corriente religiosa, no daba abasto. Los primeros recibieron a los militares como sus «salvadores». Jelf rememora cómo mujeres y niños católicos les ofrecían té, pasteles y bocadillos: «Nos hicieron engordar», afirma mientras se ríe.

Pero esa 'luna de miel' duró sólo unos meses. En julio de 1970 se ordenó a los soldados buscar armas en el barrio católico del oeste de Belfast. Los registros de las casas se realizaban a veces de madrugada y eran con frecuencia violentos, pero, además, se impuso un toque de queda. En las zonas nacionalistas, los vecinos dejaron de hablar a los uniformados y empezaron a verlos con otros ojos: como enemigos, como parte de la larga historia de intervencionismo de Reino Unido en Irlanda -los católicos en su mayoría son partidarios de unirse a la República de Irlanda, mientras que los protestantes apuestan por seguir ligados a Reino Unido-.

El historiador Brian Feeney cuenta cómo «aquellos soldados habían luchado en Aden -ex colonia británica situada en el actual Yemen- y llegaron con una actitud acerca de cómo hacer las cosas que no podía ponerse en práctica en Reino Unido». En 1970 cayeron las seis primeras víctimas a manos del Ejército británico -de una lista final de 301, la mitad de ellas civiles sin ninguna vinculación con el IRA ni con organizaciones terroristas-.

Dos años después llegaría el conocido como 'Bloody Sunday' (Domingo Sangriento), bautizado así porque los soldados dispararon contra un grupo de manifestantes que reclamaban derechos civiles en la ciudad de Derry y mataron a trece personas. Si algún católico profesaba en aquel entonces cierta simpatía hacia el Ejército, tras ese episodio se evaporó por completo.

Aunque todos se alegran de su retirada por una u otra razón, algunos la manifiestan más que otros. Uno de ellos es John Kelly, cuyo hermano Michael, de 17 años, murió a manos de los soldados: «Se van con sus manos manchadas de sangre por todo lo que pasó como consecuencia de ese error. El IRA consiguió expandirse ampliamente después del 'Bloody Sunday', incorporó gente que nunca hubiera pensado en involucrarse».

Un comandante del Ejército que trabajó en la zona, Patrick Mercer, ahora diputado del Partido Conservador, reconoce que se cometieron «errores muy graves». Según él, uno de los mayores fue encarcelar a cientos de jóvenes católicos en agosto de 1971, una operación que «radicalizó a toda una generación».

Bajas

Durante la campaña militar, también se produjeron bajas entre las filas del Ejército. Algunos de los fallecidos eran muy jóvenes. El primer soldado murió en febrero de 1971. Tenía 20 años y fue malherido durante un enfrentamiento con el IRA. Después caerían otros 762. Un mes después fallecieron dos hermanos, de 17 y 18 años, lo que llevó a que el Ejército elevase a 18 la edad para servir en Irlanda del Norte. La última víctima uniformada fue asesinada en 1997.

Precisamente a mediados de los noventa, una vez que se comprobó que el alto el fuego paramilitar se mantenía, se redujeron las patrullas, se cerraron algunas bases en zonas rurales y se disminuyó la presencia de los soldados. Y, poco a poco, desaparecieron también los puestos de control en las carreteras.

El jefe del Ejército en Irlanda del Norte, el general Nick Parker, afirmó esta semana con motivo de la retirada que la presencia militar ha ayudado a crear las condiciones para una solución política: «Pienso que los soldados han contribuido a la seguridad en Irlanda del Norte, lo que ha permitido a otra gente cambiar las cosas a través de la política, los programas sociales y la economía».

Poder compartido

Desde mayo, Irlanda del Norte cuenta con un nuevo Gobierno en el que católicos y protestantes comparten el poder. El reverendo Ian Paisley, líder del Partido Democrático Unionista, y el ex miembro del IRA y 'número dos' del Sinn Fein, Martin McGuinnes, son ahora el primer ministro y viceprimer ministro del Ejecutivo, respectivamente. Ambos han prometido dejar atrás los sectarismos que los han dividido durante más de cuatro décadas de conflicto y trabajar para que la sociedad norirlandesa viva en paz y prosperidad.

Ahora que la violencia ha cesado, la atención del Ejército está en otro lado: la provincia de Helmand en Afganistán y la de Basora en Irak son las que generan los titulares que en su día protagonizaba Ulster. Los soldados han dejado de patrullar las calles norirlandesas y ahora la seguridad está por completo en manos de la Policía.

Sin embargo, unos 5.000 hombres continuarán en la región, pero su estatus legal será el mismo que el de los soldados de Inglaterra, Gales o Escocia. Los que se han quedado en Irlanda del Norte recibirán formación y estarán disponibles para ser enviados a cualquier parte del mundo. Los militares esperan, como todos en la región, que las calles de Ulster no requieran más sus servicios.
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