
En la parte 'noble' del campo, Caparrós aleccionaba a los quince hombres que, a la postre, formaron contra el WKE Emmen. El técnico sevillano repitió el mismo esquema de hace un par de días, un mensaje de igualdad que huye de las discriminaciones y brinda oportunidades a todos los expedicionarios -Amorebieta, Casas, Ustaritz y Yeste volvieron a trabajar al margen del grupo por culpa de sus molestias físicas-. El utrerano confeccionó una sesión netamente táctica que, al mismo tiempo, conjugaba la estrategia defensiva con la vena atacante. Parones, consejos y correcciones de colocación fueron una constante a lo largo de toda la mañana.
Caparrós primero dibujó un esquema de nueve atacantes contra cinco defensas. Pedía a los zagueros que achicaran los espacios y taparan las bandas con celeridad para provocar un cortocircuito entre los extremos y los puntas. Al mismo tiempo, sin embargo, exigía a los alas que encararan a su par si no contaban con cobertura suficiente.
La prolongación
De forma progresiva, iba eliminando el hándicap numérico defensivo hasta equilibrar las fuerzas y terminar con un siete contra siete. A partir de ahí, se trabajaron los saques de esquina y las faltas de estrategia. Nada de improvisación. Libreta, pizarra y la puesta en práctica de los conceptos teóricos.
El preparador sevillano también quiso 'tocar' el tema de la guerra de las trincheras que se libra en la medular. Pedía a Aranzubia que sacara la pelota para que fuera controlada por uno de los centrocampistas que, de inmediato, tenía que cambiar la orientación del juego hacia una de las bandas. Esa era una opción. La otra, que no le disgusta nada a Caparrós, habla el lenguaje de la prolongación. Buscar una cabeza amiga que sirva un balón en condiciones a los puntas rojiblancos. La vía directa, en caso de apuro, también es un salvoconducto válido.








