
El espíritu transgresor, ácrata y perverso del clásico de Buñuel planea sobre cada fotograma de un divertimento fiel al particular tempo del autor de 'El valle Abraham': si es necesario escuchar una pieza de Dvorak, la escuchamos enterita; una cena de dos platos y postre en tiempo real sin pronunciar una palabra pondrá a prueba la paciencia del espectador no avisado.
Han pasado cuatro décadas y el personaje de Piccoli sigue fascinado por aquella burguesa que combatía su frigidez matrimonial prostituyéndose. Ahora él es un borracho con clase; ella una dama esquiva y atormentada por su pasado, que le sigue el juego espoleada por la nostalgia hasta que se arrepiente. El grueso del filme transcurre durante una espectral cena con el regusto teatral y parsimonioso del mejor Oliveira. A los postres, en una pirueta y un guiño al maestro de Calanda, hasta surge la misteriosa cajita regalo del oriental. Y sí, el zumbido de mosca sigue ahí.






