
Era el 24 de agosto. El país se beneficiaba de un verano de cuidado y quienes estaban inmersos en las vacaciones preparaban, en muchos casos, el último fin de semana previo a la trashumancia laboral. Al fondo de los bares, el televisor mostraba con más asiduidad de lo habitual a un monoplaza azulado. De hecho, era la imagen permanente desde la salida, en la que el ovetense partió desde la 'pole', única catapulta válida para ganar en Hungría, salvo contingencias de calado en forma de avería, accidente o manifiesta estrategia positiva. Así fue durante 70 vueltas. La clave del éxito se fraguó en la misma arrancada. Eran los tiempos en los que el binomio Alonso-Renault invitaba al espectáculo en cada puesta en marcha. El español despegó literalmente mientras a su estela Ralf Schumacher provocaba un pasacalles. Bien por el hermanísimo. Mientras el asturiano abría hueco, otra ayudita. Webber taponaba la fila india provocando el consabido malestar. De llevar bocinas los monoplazas, los decibelios habrían sido insoportables. Para cuando los perseguidores de Alonso encontraron libre el camino, el Renault pintado con el número 8 se había escapado en busca de un renglón en la historia.
El aperitivo llegó cuando dobló a Michael Schumacher, envuelto el alemán en un torbellino de problemas. Después, deleite hasta cruzar bajo la bandera a cuadros tras pasarse la última vuelta saludando. Alonso no era consciente de la situación. Su grado de felicidad era insignificante en comparación con la trascendencia que tuvo la noticia. En un país de héroes o villanos, al piloto le tocó subir al Olimpo como el más joven de la historia. Fue la primera piedra en el monumento de su leyenda, que aún perdura aunque, ya se sabe, no falta quien ya le quiere colocar en la lista de los descabalgables siendo, como es, el bicampeón en título.
Ocurrió en Hungaroring, en el 'Mónaco sin muros ni raíles', en una pista lenta y sucia donde es vital no tener a nadie delante. Salvo cuando llueve. Algo que sólo ha ocurrido una vez, el pasado año. Y quizá repita este fin de semana, ya que ayer, tras una jornada de gran calor, las nubes descargaron un anticipo de su contenido. Sucedió en el mismo escenario que premió en 2006 el gran trabajo en la sombra de Pedro de la Rosa. Sustituto de Juan Pablo Montoya, el barcelonés se libró de la quema en una carrera marcada por mil avatares, con sanción incluida a Alonso que le hizo arrancar desde la decimoquinta plaza. El agua matizó todo lo imaginable, lo mismo que los caprichos de la técnica. Cuando alguien accedía al liderato parecía recibir el ataque de un virus. Los Bridgestone de Ferrari se vinieron abajo en cuanto tocaron asfalto mojado. Raikkonen se quedó, como casi siempre en McLaren y ahora en Ferrari, en el camino, y a Alonso le ajustaron mal una rueda y se tuvo que autoexcluir antes que matarse.
Schumacher y Hill
Así, el trampolín magiar premió a dos debutantes en los peldaños de su cajón. Permitió que Button alcanzara la cima y a De la Rosa saber lo que se siente cuando es él quien mira desde arriba a la marabunta. Hungría trae, de hecho, buenos recuerdos a muchos más pilotos. A Damon Hill, quien también ganó aquí su primer Gran Premio. A Michael Schumacher, porque fue en Hungaroring donde igualó el récord de victorias de Alain Prost. A Nigel Mansell, yendo más atrás en el tiempo, porque demostró en 1989 que antes, al menos, se podía adelantar. Ganó partiendo de la decimosegunda plaza. En seco, claro. Button remontó en 2006 trece puestos, pero sin adelantamientos en pista. En esa misma edición, Kubica creyó estrenar su casillero de puntos. Lo hizo, pero acabó descalificado, cediéndole el punto del octavo puesto al 'kaiser', quien ni siquiera había acabado la carrera.
Mientras llega la hora de la verdad, el circo ambulante de la F-1 descansa en la reconocida como 'Reina del Danubio', en la cercana Budapest nacida de la unión de tres ciudades, la tierra de Puskas cuyo nombre engalana el de siempre conocido como Nepstadion, una tierra con un protagonismo estelar del agua, con sus cien fuentes, doce balnearios y nueve puentes. Un lugar, tras el telón de acero, que en su día también supo de espías. Y mucho.







