Como es tradición, Uriarte ofició ayer la homilía de la misa mayor en la basílica de Loiola, en la localidad guipuzcoana de Azpeitia, a la que asistieron -como también es costumbre- el lehendakari, Juan José Ibarretxe, y un nutrido grupo de autoridades del Gobierno vasco, las diputaciones y los ayuntamientos. En ese marco, el obispo hizo su reproche a la actitud de las formaciones políticas e instituciones durante el proceso de paz, al atribuir la decepción de «la gran mayoría de este pueblo que ha visto desfallecer paso a paso una acariciada expectativa de paz» al «retorno de ETA a la amenaza y al uso de las armas», a «la distancia creciente entre el pueblo y los responsables políticos» y a las citadas invectivas entre partidos.
Arcabuces e improperios
Tras destacar su preocupación por «tanto sufrimiento provocado por esta inacabable confrontación, en las víctimas, en los amenazados, en los presos, en los exiliados», el obispo se preguntó «cuándo, de una santa vez, todos los ciudadanos podrán, en santa paz, gozar de todos sus derechos cívicos». Y a renglón seguido, al igual que hiciera en la misa del martes, Uriarte recomendó «superar la decepción con el aliento de una esperanza inquebrantable», aunque puntualizó que ésta «ha de ir de la mano de la ética». ¿Y qué indica la ética? Que «la finalidad que justifica» la existencia de partidos e instituciones no es «su autoconservación o robustecimiento», sino «su aportación al bien común», apostilló el prelado.
A partir de esta premisa, su discurso se tornó en un tirón de orejas a los políticos. Consideró que «producen desilusión y frustración tantas operaciones al parecer incoherentes con la voluntad popular y con frecuencia encaminadas al propio fortalecimiento y al debilitamiento del adversario». Y apostilló: «Comprendo que la política no sea una batalla de flores, pero tampoco un intercambio de arcabuces en forma de improperios».
Respecto a la violencia, Uriarte fue tajante: la misma «ética» a la que aludió anteriormente exige que ésta, «la violencia que mata, hiere y provoca miedo», quede «enterrada para siempre». Sobre el País Vasco, advirtió de que «este pueblo no quiere ni necesita 'tutelas' de nadie» y destacó que, «quien no lo reconoce, pierde autoridad moral para denunciar otras injusticias».
Finalmente, el obispo envió un mensaje optimista al aseverar que el final de la violencia «es posible», aunque el «camino de la paz y del entendimiento político está resultando demasiado largo y penoso». Reclamó un «respeto escrupuloso» de los derechos humanos, «incluso en aquellos que tienen sus manos manchadas por las más graves acciones delictivas», y opinó que «ni el oportunismo político, ni el temor a la opinión pública, ni cualquier consideración utilitaria y calculadora, ni siquiera las mismas leyes, autorizan la violación de tales derechos».






