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Contrainteligencia
02.08.07 -
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Contrainteligencia
En el universo de los servicios secretos, la contrainteligencia está destinada a anular la inteligencia del adversario, quien no necesariamente es siempre un enemigo. La cualidad de adversario, en lo que a servicios de inteligencia se refiere, adquiere numerosos y delicados matices. Dependiendo del ámbito informativo que se considere, las distintas agencias públicas de inteligencia se dedican a obtener información, claramente sobre países enemigos, pero también sobre los amigos y aliados. Los servicios secretos británicos, por ejemplo, no estarán interesados en España como amenaza pero, tal vez,

algo de información por sus propias fuentes habrán obtenido en nuestro país, antes que leerlo en el periódico, a fin de elaborar inteligencia económica respecto a las operaciones del Banco Santander en torno a ABN-Amro, la financiera holandesa en la que está involucrado un banco británico, el Barclays. La inteligencia económica es un renovado ámbito de trabajo de nuestros servicios secretos, que destinan parte de sus esfuerzos a cualquier territorio de asentamiento de nuestras empresas estratégicas.

Los servicios secretos están mandados a obtener y analizar información, ya no sólo acerca de amenazas, sino también respecto de cualquier área o sector o territorio que influya en el bienestar integral del país al que pertenezcan. Lejos de visiones estrechas de la seguridad, centradas en la defensa ante amenazas bélicas o delictivas, los modernos servicios secretos son maquinarias informativas para el asesoramiento global de los gobiernos, de los Estados. Ese asesoramiento abarca cada vez mayor multiplicidad de epígrafes, aunque evidentemente la prevención y el afrontamiento de amenazas y riesgos violentos concentra la mayoría de los recursos de los agentes y analistas de inteligencia.

Ese abanico de ámbitos de amenaza, de nuevo, tampoco está restringido nada más que a terroristas, criminales y países hostiles sino, necesariamente, a cualquier tipo de actores de cuya conducta o posicionamiento se puedan derivar riesgos para el bienestar de la población, en este caso española, en su vertiente nacional o internacional. A ese respecto, con esa perspectiva amplia del trabajo de los servicios secretos, entenderemos que obtener información sobre la financiación de un grupo terrorista es vital, pero también lo es, en otro sentido, lograr interpretar adecuadamente los futuribles del suministro energético en Europa o las incertidumbres que Rusia, por poner a un país de moda, pueda introducir en la estabilidad de la región con su reordenación de fuerzas militares convencionales o estratégicas.

Todos los quehaceres del CNI para monitorizar y, en su caso, dificultar los intentos de otro servicio secreto de obtener información en nuestro territorio cumplen funciones de contrainteligencia. Como es natural, un gran volumen del trabajo de nuestros agentes se concentrará sobre las redes de información de servicios secretos de países que no sean aliados explícitos o tácitos de España, especialmente sobre los espías de aquellos países con los que tengamos algún tipo de contencioso. La contrainteligencia tampoco pasa por alto a los agentes de servicios amigos que, no obstante, puedan tener objetivos de inteligencia económica o de otro tipo en nuestro país. En estos últimos casos no se monitoriza a los espías amigos de manera continua, como se podría hacer regularmente con los agentes de los países hostiles o con los que mantengamos un contencioso estratégico, sino que se les vigila en cuanto se sospecha o se detecta su actividad informativa en un dominio específico de la realidad.

Tanto en las labores de inteligencia como de contrainteligencia, los servicios secretos hacen uso de agentes propios e informadores externos. Los agentes propios, en España, son funcionarios, pero en otros países no ocurre así necesariamente. Es cierto que quien trabaja en la sede de la CIA en Langley es lo más parecido a un funcionario, pero también que esa agencia, igual que ciertas otras, tiene unidades específicas de agentes clandestinos poseedores de un estatuto distinto y menos vinculación, digamos funcionarial, con la agencia. Esta figura del agente clandestino, un espía entrenado y a menudo ex militar, sin 'carné' del servicio secreto, está menos desarrollada en España. El subdesarrollo del agente clandestino en nuestro país es, en parte, la razón de que nos encontremos, como ha sido evidente estos días, con un agente secreto infiltrado en el 'entorno' de ETA que era, al tiempo, guardia civil y funcionario en activo del entonces CESID. También, con el mismo agente 'infiltrado' en la maquinaria electoral de un presidente extranjero mientras estaba acreditado como funcionario de la Embajada de España en el país de ese presidente Destapar cobertura tan visible era cuestión de tiempo.

La labor más delicada de un agente secreto es reclutar una red de informadores. Eso lo hacen todos los servicios de inteligencia en todas partes del mundo. Lo hacen en el exterior del país, cuando funcionan como espías, y lo hacen también en el interior de su país, cuando funcionan para reclutar a espías o informadores extranjeros, ya sea este reclutamiento con objetivos de contrainteligencia (vigilar, desactivar o desinformar a agentes extranjeros) o de inteligencia (obtener información de interés para la acción general del servicio secreto sobre sus áreas estratégicas). Es decir, un agente operativo de inteligencia busca establecer redes de informadores, algunos de los cuales colaboran por dinero y otros movidos por impulsos menos lucrativos. De entre esos informadores a reclutar para que el servicio secreto pueda hacer interpretaciones fidedignas de las realidades atractivas para su país, algunos incluso son espías en activo de un servicio secreto, amigo o menos amigo. Es el pan de cada día en la inteligencia operativa. ¿Usted qué prefiere, ciudadano, que su presidente se entere por la prensa de las intenciones en comercio energético de un gobierno amigo, como Argelia, o que Zapatero disponga de la posibilidad de tomar sus decisiones con información anticipada y de calidad obtenida por el CNI sobre el terreno?

Que un espía español destacado en una embajada como ayudante de un agregado encubra su identidad para introducirse en un aparato electoral del candidato a presidente de la república ante la que está acreditado es, cuanto menos, extravagante. Que ese mismo espía se ofrezca como informador a un servicio secreto extranjero es un éxito para ese servicio de inteligencia y una brecha para el nuestro. Los servicios de seguridad interna y de contrainteligencia del CNI, igual que los de cualquier otra agencia, operan sobre un doble vector: uno preventivo, con chequeos de seguridad; otro reactivo, con respuesta ante indicadores de alerta. Al parecer, el aireado 'caso Flórez' responde a este segundo esquema. Nada en este asunto, por otra parte, es ajeno al universo de los servicios secretos, sino un 'affaire' perfectamente normal.

Lo que sí ha sorprendido a muchos es que el director del CNI se exponga ante los medios de comunicación para divulgar un capítulo tan mediocre como la deslealtad de un agente operativo. No es que sea censurable que un director de inteligencia se comunique con la ciudadanía. De hecho, debería ser más frecuente en las democracias. Es asombroso, sin embargo, que cuando decida convocar una rueda de prensa sea para una cuestión menor ¿O no era tan menor? Al director del CNI no se le veía demasiado cómodo interpretando el papel que le había tocado. Nos aseguró que las filtraciones del ex agente Flórez no representaron en ningún momento un riesgo para la seguridad del Estado, aunque probablemente quebraron las seguridad individual de algún colaborador ruso reclutado por la inteligencia española y descubierto por la traición.

En lo demás, estoy convencido de que el CNI se ha resentido poco con las actividades ilícitas de Flórez. Entonces, ¿a qué su sobredimensionamiento público con una rueda de prensa? Quizás, aun con gran embarazo, el propio director del CNI estaba siguiendo el guión de un acto de contrainteligencia, y su propia comparecencia era una manera de trasladar un mensaje para crear un estado de opinión. La inteligencia española tiene una dimensión nacional, pero también forma parte de la OTAN y de la Unión Europea. Estoy seguro de que el director del CNI estaba haciendo su trabajo y tenía razones de peso para escenificar una buena pieza de ilusionismo y la menor de ellas era el ex agente Roberto Flórez.
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