Es difícil saber si la generación adolescente es «la mejor preparada de todos los tiempos», como se dice desde que a Felipe González se le ocurrió la hipérbole. Estas cosas siempre son relativas: es la mejor preparada, ¿para qué? Mientras usted contesta, lo que sí podemos asegurar es que estamos ante la más consentida. Por supuesto, esto no se lo dirán en las tribunas políticas, en las cadenas de televisión ni en la publicidad. Y por una razón: el negocio.
Uno de los rasgos exclusivos de los adolescentes es que disponen de dinero. Como tienen dinero, consumen. Como consumen, los vendedores les lanzan sus cebos. ¿Y cuáles son los cebos donde los jóvenes pican con mayor fruición? Lo dijo Baroja: juventud, egolatría. Dórele usted la píldora a un señor maduro, o señora, y constatará que, cuanto más mayor, menos se fiará de usted. Por el contrario, dórele usted la píldora a un joven y comprobará que apenas tarda diez segundos en tributarle simpatía. El problema surge cuando el sistema se dirige a los jóvenes explicándoles que todo cuanto hacen es bueno porque son ellos quienes lo hacen. O sea: haz lo que quieras, que yo te reiré las gracias, y después, te gastas el dinero en mi tienda. La consecuencia de esta broma siniestra es que se deforma a una gente que está en formación. No hay nada más antieducativo que la apología del instinto. Cualquier jardinero lo entenderá: si para buscar un aspecto «más natural» renuncias a cultivar el jardín, sólo conseguirás que se llene de malas hierbas. Pues eso: SMS.







