
«No sé dónde está mi padre. Espero que haya abandonado el barranco, aunque seguro que sigue allí para ayudar con los cortafuegos. Ama su tierra y no creo que hayan conseguido convencerle de que se ponga a salvo», relataba ayer Rosa con el miedo metido en el cuerpo. Al igual que su padre, que vive desde hace años en Gran Canaria, cientos de personas se resisten estos días a abandonar sus propiedades por miedo a no volver a verlas en pie. Sus familiares se consuelan porque el Gobierno asegura que por el momento no hay heridos ni muertos, «aunque la angustia que estamos pasando no se la deseo a nadie».
«No podía respirar»
Antonio Quintana, conocido en el municipio grancanario de Tejeda como 'Cleto', abandonaba ayer el albergue donde había pasadola noche para evaluar los daños que ha sufrido su casa. «Lo he perdido todo, sólo me quedan cuatro paredes, espero que al menos me arreglen el techo para este invierno», decía con resignación. «He vivido en esta casa toda mi vida, tiene más de 200 años y siempre ha sido de mi familia». 'Cleto' pasó mucho miedo cuando las llamas se acercaron a su hogar y tuvo que ser desalojado. «Fue terrible».
Tampoco resulta fácil para Yolanda Rodríguez, una de las nueve mil personas que han tenido que abandonar su casa del municipio tinerfeño de Santiago del Teide, acosada por las llamas. «Fue a la una de la mañana y no se podía respirar». Ella y sus vecinos del casco histórico debieron dejar sus casas sin saber qué pasaría durante la noche. «Cuando ves que te tienes que ir sólo sientes impotencia», decía ayer desconsolada. Desde entonces sigue con inquietud el curso de los acontecimientos. Lo hace desde el Complejo Deportivo Pancracio Socas. «Aseguran que el fuego está controlado, pero con el calor y el viento caliente que sopla...».
Si el desalojo fue duro, también lo fueron las horas previas. «Lo veía venir, no había medios ni la gente necesaria para atajar los distintos frentes», recuerda con desazón, pero acto seguido se apresura a afirmar que los voluntarios y los servicios municipales se han portado «de maravilla». «Cuentan que no hay viviendas afectadas, pero los alrededores sí lo están. Se ha quemado todo, la viña, pencas, almendros... Todo». Después el silencio, y continúa al rato para dibujar un recuerdo: «No sé si conocerán mi pueblo, pero era verde, muy bonito. La gente no sabe lo que hemos perdido».








