
El mismo día que este periódico alertaba sobre un grupo de niños de origen rumano que fingían ser sordomudos para despertar el sentido caritativo de los viandantes bilbaínos, Mari Carmen se encontraba en su zona de trabajo, en la confluencia de Gregorio de la Revilla con Licenciado Poza. A mediodía, un niño «que dijo tener 12 años» le mostró un papel y sin explicarle para qué, le insistió en que lo firmara. «Le dije que no quería firmar y me extrañé al notar que tardaba mucho», rememora la víctima. Al sospechar de la actitud del chaval no tardó en comprobar que le acababa de robar el dinero que tenía en el bolsillo más accesible de su cartera, donde guardaba la recaudación del día: «Cuando se marchó, miré dentro de mi bolso y me di cuenta de que me faltaban los billetes». Del primer sobresalto, Mari Carmen reaccionó lanzándose a la carrera detrás del pequeño delincuente llamándole «ladrón» a gritos. La suerte quiso que lo alcanzara poco después, junto a unos contenedores de Gregorio de la Revilla. La mujer retuvo al crío mientras varios testigos avisaron a la Policía. «Vinieron los municipales y la Ertzaintza; sólo faltaban los nacionales», recuerda todavía sobresaltada. «Esto no se le hace a un ciego», se duele más tarde.
Fue tal la escandalera que armó, que los empleados de los comercios de la zona salieron para ver lo que sucedía. «Me fui a la calle al escuchar los gritos y cojí el dinero que el niño había tirado justo delante de la tienda para devolvérselo a ella», recuerda Nagore, dependienta de una zapatería próxima donde posteriormente los agentes registraron al ladrón.
Reincidentes
Según esta testigo, en el mismo momento que Carmen era asaltada, otro chico intentaba engañar a otra señora con el mismo timo. «Había un niño algo mayor que el otro frente al escaparate, con una carpeta que le dio a firmar a una señora. Cuando sucedió todo, escapó corriendo, pero el bolso de la mujer ya estaba abierto», anota Nagore.
Al parecer, los dos jóvenes formaban parte del grupo de rumanos de entre 11 y 15 años detenidos el pasado miércoles por hacerse pasar por sordomudos con el objetivo de conseguir donativos para una asociación de afectados. «La Ertzaintza tenía ya sus datos y al identificar al crío se comprobó que las iniciales eran las mismas», asegura Carmen. Los chicos llebaban un falso certificado con el símbolo de la discapacidad y el de los sordomudos. Reclamaban la firma a los viandantes para reivindicar «un centro nacional-internacional» para estos discapacitados. Mientras convencían a la gente, aprovechaban para robarles.
El día anterior, otra testigo ya les había visto deambular por la zona. «Estaba conversando con un familiar en la plaza de Indautxu y vinieron a pedirme una firma. Pero no caí en la trampa, ya les había visto varias veces por la zona», detalla Inara. «No sé cómo lo hacen, pero son rápidos y habilidosos», confiesa. En esta ocasión, Mari Carmen fue más veloz que ellos. Ahora, sólo espera no volver a cruzarse con los ladronzuelos porque la suerte, y ella bien lo sabe, no suele venderse dos veces al mismo.








