
Pero no cualquiera, sino los oficiales «de las cuatro competiciones más importantes del mundo». Esto es, la Champion League, la Eurocopa, el Mundial y los Juegos Olímpicos. Una de las piezas más antiguas que tiene es de 1974 : «Del Mundial de Alemania». Y la más reciente, de 2006: «Del otro Mundial de Alemania». Sonríe al decirlo porque la pieza no es una cualquiera, sino que pertenece a la serie de 1.600 que se fabricaron para recordar la final que enfrentó a Italia y a Francia. «Tiene hasta la hora del partido impresa», recalca.
Es una joya, pero no la única. En total, Piñero valora su colección «en unos 20.000 euros». Y la guarda no sólo como oro en paño, sino como el dinero del banco. «Hombre, tengo alarma en casa, pero a ver qué caco se anima a llevarse todos los balones», desafía. Lleva razón: o los pincha o se los tiene que llevar en camiones. El joven cuenta con una habitación para guardarlos. Eso sí, en vitrinas y perfectamente catalogados.
El vizcaíno es un hombre metódico y entregado a su pasión. De hecho, hace poco más de un mes, se compró un libro de diseño de páginas web y se lió la manta a la cabeza. Creó una (www.balones-oficiales.com) «para divulgar la historia de este objeto». En apenas cuatro semanas ha recibido más de 3.000 visitas. «Y lo hago por amor al arte», confiesa. Con ello no gana nada.
En su web, resume el origen de sus 37 esféricos oficiales, incluido el último, que le ha llegado esta semana. «Es el de la final de la Champion League de 2004, que enfrentó al Mónaco y al Oporto», cuenta de carrerilla y sin mirar ninguna chuleta. Ha pagado por él 550 euros. «Reconozco que me lo puedo permitir», admite un poco pudoroso.
El cuero de Naranjito
Para hacerse con estos útiles deportivos, Piñero utiliza sobre todo Internet. Aunque no siempre. También tiene el esférico del Mundial del 82, el de Naranjito. «Ése fui a buscarlo a Zaragoza hace seis años», argumenta. El último que ha comprado y que todavía no ha pasado por sus manos es el de México 70, «pero el que está hecho en Francia, que tiene más valor». De momento, debe desembolsar «2.500 euros», desvela sin que le tiemble la voz.
Así las cosas, lo normal es que no permita que los toque nadie. Pero es más valiente: «Cuando vamos a jugar al fútbol, el que lleva el balón soy yo. Y además no permito que se juegue con otro», ríe.
-No será de los que están en vitrinas...
-Por supuesto. Debajo de mi cama tengo unos treinta, también buenos... Esta semana le hemos dado patadas al que se usó en la liga italiana hace dos años.
Es decir, a un cuero de 100 euros.








