Javier Durán es uno de los grandes perjudicados. Los corzos le han arruinado 200 matas de pimientos y más de un centenar de parras que cultiva desde hace años. Algunos nogales, avellanos y cerezos de su propiedad también se han visto afectados. «Devoran las hojas frescas y los brotes tiernos de casi cualquier especie», asegura el horticultor, quien también ha perdido varias plantas debido a las pisadas de unos animales que «no entienden de caminos y lo patean casi todo».
Los corzos se han adentrado en varias fincas de la zona, aunque han encontrado en la de Durán su refugio preferido. «Son animales temerosos que buscan resguardarse de noche y mi huerta es una de las más frondosas», explica el agricultor, quien ha utilizado diferentes sistemas para evitar la intromisión de los cérvidos. «He probado con muñecos y repelentes, pero sólo dieron resultado los primeros días. Pronto se acostumbraron y volvieron a las andadas», declara.
«Oídos sordos»
Harto de comprobar a diario las secuelas de los corzos en su sembrado, Durán optó por dar parte de los hechos al Departamento foral de Agricultura. Llamó en varias ocasiones pidiendo consejo y solución, pero sólo encontró «oídos sordos y falsas promesas». Por eso, ha elevado un escrito para solicitar una entrevista personal con la titular del área, Irene Pardo. «Me parece muy bien que se protejan las especies que están en peligro, pero no en zonas habitadas donde pueden causar daños al hombre», considera.
Durán se confiesa «amante de los animales» y no pretende un exterminio masivo de los cérvidos, pero sí que se permita la caza, «al menos», de algunos de los ejemplares que han proliferado en los montes cercanos. «Lo que no es normal es que haya una docena de corzos a menos de un kilómetro en línea recta del Max Center», denuncia. «Es como si pretendieran introducir lobos en el centro de Bilbao», remata.








