Más que un ciclista, Alberto Contador es un empeño. Determinado. Las raíces de su familia están ancladas en Barcarrota, en Extremadura, tierra de pájaros. Allí pasó sus veranos. Con ojos de ornitólogo. Chico rústico, como sus rasgos. Natural. De aire libre. Quiso tener un perro. Pero en el piso madrileño de Pinto sólo había espacio para los padres y los cuatro hermanos. Inquilinos de la colmena. Vale. Pues entonces, pájaros. Hasta 40 jilgueros. Fue su primer empeño. El segundo se subió a una bicicleta. En Pinto manda el tráfico. Madrid circula por un tubo de escape. Para llegar al monte hay que brincar sobre la autopista. Y hay que ir hacia el norte. Con 18 años se empeñó: lo dejó todo y se presentó en la puerta del equipo guipuzcoano Iberdrola, filial del Once. Sin saber siquiera si le iban a fichar. Lo hicieron. Y vivió enjaulado en un apartamento de Azpeitia con otra docena de aspirantes. Ya trinaba el jilguero. Ya volaba: ganó la Subida a Gorla. Síntoma.
De amateur, le llamaban 'Pantani'. Quería ser así. 'Pirata'. Escalador corsario. Pronto vio su empeño recogido en una fotografía. Tras la subida a Montjuic de 2002, el equipo Once inició una concentración. Invitó a varios corredores del filial. A Alberto. Esa mañana había sesión fotográfica. Sólo para profesionales. «Alberto ven. Ponte ahí», le soltó Manolo Saiz. Con los mayores. Ya estaba. Y sólo tras dos años como aficionado. Tímido, tuvo que pasar la prueba de la novatada. Dio un discurso ante todos vestido de bombero y con el peto que portan los voluntarios en la etapa del Angliru. La que dice: 'En el Angliru no empujes'. A Contador no le hace falta. Se impulsa solo. Empeño. Voluntad.
Capítulos de una historia
Antes de empezar, el Tour Down Under de 2005 ya tenía vencedor. Él. Y no por ganar la última etapa, sino por estar ahí. Simplemente. Ese 'simplemente' está colmado con los capítulos de una historia. La de su empeño. Todo había empezado, casi acabado, en el kilómetro 40 de la primera etapa de la Vuelta a Asturias 2004. Hacia Infiesto. Le martilleaba la cabeza. Malestar. Escalofríos. De repente, se le desbarató el cuerpo. Ojos huidos. Blancos. En pleno terremoto. Blando. Y se pegó de cara con el duro asfalto. Pensaron que primero fue la caía y luego el golpe. No. Todo lo había desencadenado una explosión interior, la rotura de un nudo de capilares sanguíneos en el cerebro. Un cavernoma. El eco genético de su familia. Su hermano pequeño, Raúl, vive en el corsé de una silla de ruedas. Alberto ha crecido acariciándole. Con el premio de esa sonrisa en silencio.
Las convulsiones volvieron días después. De noche. En casa. Seísmo en su cama. Alarma otra vez. Otro hijo, ¿no! Le llevaron al Hospital Ramón y Cajal. A la luz de un quirófano. Le abrieron la cabeza. Nuez. Quemaron el coágulo. Le graparon de oreja a oreja. Y le dieron dos noticias. Buena: «Con el tiempo podrás volver a andar». Mala: «Pero a pie, olvídate de la bicicleta». Era un paciente, no un ciclista. Durante tres meses se sintió como Raúl. Inválido. Para todo necesitaba una mano amiga. La tuvo y no la olvida. Leyó el libro de Armstrong y extrajo su lema: 'Querer es poder'.
Tres meses más tarde
Cinco meses después, la tarde que le dieron el alta médica, se subió a la bicicleta. Casi se cae. No podía. Quería. Y tres meses más tarde le puso fecha al milagro. Allá, en la otra esquina del mundo, en Australia, en el Tour Down Under. «Cuando iba hacia la meta, ya ganador, sólo pensaba en llamar a mi novia, Macarena, a mis padres. Para contárselo». Se sacó fotos, grabó un vídeo. Ver para creer. Quería testimonios de su supervivencia. De su empeño. En 2005 debutó en el Tour y le gustó. Flechazo. Su mal neurológico le obliga a pasar revisiones, a medicarse, pero no ha quebrado su voluntad: ser ciclista.
Superada ésa, aún le quedaban más pruebas. A él y a Manolo Saiz, su mentor, la 'Operación Puerto' les pilló justo antes del Tour 2006. Les echaron de la carrera. Proscritos por dopaje. Una semana después, el juez liberó de culpa a Contador. Pero no de la sospecha. «Estoy limpio. No conozco a Eufemiano Fuentes. Soy inocente», repite y tendrá que repetir. «Contador es creíble», dice el Tour. Pero la opinión pública francesa, europea, duda: lee las iniciales 'AC' en los papeles del médico canario. El ciclismo es desde hace tiempo un deporte sospechoso. Contra eso lucha desde ahora el ganador del Tour. De lo otro, de la carrera, ya se encargó su empeño en el Peyresourde o el Galibier. A picotazos. Con esa pedalada de aire, leve, veloz y eficaz que le distingue. Su vuelo. Incluso en el Aubisque, el día que no pudo con Rasmussen, le retó cuatro veces. no podía; quería. No arrancaba con sus piernas, sino con su empeño. Lo ha entrenado durante 24 largos y viejos años...







