
Es una especie frágil y solitaria que, con suerte, saca adelante uno o dos pollos al año. «Junto al visón europeo, es el vertebrado de los que crían en el País Vasco con mayor peligro de extinción a nivel mundial», sentencia el experto. En España la población ha caído un 40%. «Están desapareciendo territorios a marchas forzadas», sobre todo por el uso de venenos contra los topos, que matan también a los carroñeros. En Euskadi, por fortuna, esta práctica es menos habitual que en zonas como Extremadura o Castilla-La Mancha.
En Vizcaya hay 16 parejas reproductoras que han logrado resistir el primer año sin el muladar. Son oportunistas y saben buscar la comida entre los restos de ovejas, cabras o animales mucho más pequeños, y en los despojos que dejan los buitres. Además, la meteorología les ha dado una tregua. Con la lluvia y el frío hay más cadáveres en el monte y menos presencia humana, la «mayor amenaza» para esta especie. Cuando los miembros de la Sear (Sociedad para el Estudio de las Aves Rapaces) se acercan a los nidos, tienen que descolgarse por paredes de roca y anillar a los polluelos «con mucho cuidado y lo más rápidamente posible», siempre antes de que estén preparados para volar. Para observarlos «nos ponemos a más de un kilómetro de distancia con el telescopio», relatan.
La cantera del Pagasarri
Son tan esquivos que en cuando detectan a alguien cerca del nido se alejan, y los pollos acaban muriendo de hambre o de frío. Cualquier alteración del paisaje les espanta. En Vizcaya, tres parejas han dejado de criar «y prácticamente han desaparecido». Dos de ellas por la construcción de pistas forestales en Carranza y la tercera por la apertura de un mirador en Balmaseda «justo encima del nido. La Diputación lo ha cerrado, pero la avería ya estaba hecha», se lamenta el experto.
Desde que se cerró el comedero, buitres y alimoches empiezan a competir por algunos alimentos. «Antes era el alimoche el que iba a por la placenta del ganado». También 'patrullan' las carreteras en zonas de poco tráfico en busca de gatos o erizos atropellados, cadáveres que empiezan a interesar a los buitres ante la escasez de carroña. «No sé cuánto tiempo se puede sostener esto», dice Zuberogoitia.
Esta «joya de la naturaleza», que al comerse la placenta del ganado combate un foco de transmisión de la brucelosis, necesita comida y, sobre todo, espacio. Algo cada vez más complicado con el auge de los deportes al aire libre. Este año algún escalador ha dejado cuerdas en dos nidos, en Atxarte e Itxina. Los expertos creen que «sería fácil tomar medidas» para limitar esta actividad en época de cría, desde abril hasta agosto, ya que se conoce la ubicación de los nidos de alimoche. Mientras tanto, algunos ejemplares se protegen marcando las distancias. En 2001 una pareja se instaló en la cantera del Pagasarri y durante cinco años intentó criar, «pero como había mucha gente alrededor perdió todas las puestas». Finalmente se desplazó 4,5 kilómetros, hasta un lugar inaccesible, y consiguió sacar adelante dos polluelos.








