
Y a pesar de que el tiempo ha puesto su dramático punto final a tanto potencial económico, los recuerdos de aquella manifestación de soberanía han quedado grabados en la historia como uno de los momentos en que, a lo largo y ancho de la ría, cualquier cosa era posible. Desde la gloria y la vida absolutas hasta la miseria más rotunda. Patronos y obreros en una relación plena en que el beneficio se aliaba con el trabajo en una conjunción única y conflictiva hasta el extremo.
Ferrocarril de Triano
Pero antes de ser la manifestación geográfica del triunfo industrializador vizcaíno, la ría fue la gran puerta de salida del mineral de hierro. Desde 1876, cuando la demanda de hierro creció considerablemente, se inició la construcción de toda la infraestructura necesaria para canalizarlo de manera óptima. A finales del siglo XIX, los 23 cargaderos de mineral de hierro existentes podían dar salida a 30.000 toneladas diarias. Todos ellos estaban situados entre Olabeaga y Portugalete, municipio este último donde se localizaban los pertenecientes a la compañía inglesa Bilbao River & Cantabrian Railway que explotaba los cuatro 'drops' -término con que se conocía a los cargaderos- del ferrocarril de Galdames.
Aguas arriba se hallaba el embarcadero del ferrocarril de Triano, propiedad de la Diputación de Vizcaya, que poseía siete cargaderos cada uno con capacidad diaria para 1.250 toneladas de hierro. A estos le seguían, en la confluencia entre el Galindo y el Cadagua, los embarcaderos de la Franco Belga, con tres cargaderos; los de la Luchana Mining, con un 'drop' y los de la Orconera Iron Ore, con cuatro. Esta última fue la compañía que más mineral sacó de Vizcaya. Hubo años que llegó a superar el millón de toneladas. En Zorroza estaba el cargadero del Ferrocarril del Cadagua y, en Olabeaga, se construyeron tres: el de José Mc Lennan, el de Pedro P. Gandarias y el de la Compañía del Ferrocarril Bilbao-Portugalete.
Sin embargo, la ría era mucho más que la carga del mineral. Era como un enorme corazón que otorgaba vida en el pleno sentido de la palabra. Y es que, como dijo Indalecio Prieto: «Sin la ría, Bilbao no hubiese existido». Aquel enorme pasillo fluvial albergaba un trasiego que cruzaba toda la Villa hasta dotarla de una configuración humana muy especial.
Desde el 'Comunicio' de Urazurrutia -el lugar donde se concentraban los carros de basura municipales para embarcar su apestosa carga- salían gabarras aguas abajo con destino a Asúa. Las de mineral se dirigían a Olabeaga y las de dinamita llegaban hasta Zorroza donde se reembarcaban. Estas últimas llevaban en la proa una bandera roja en señal de peligro. Al mismo tiempo, aguas arriba, «las gabarras portaban carbón y otras mercancías pesadas para descargarlas en el muelle de Ibeni, en Achuri, con destino al ferrocarril de Durango».
Aquel ir y venir de gabarras no hubiera sido posible sin uno de los trabajos que, como dijo Indalecio Prieto, llevaba a su mente «una evocación dolorosa»: la sirga. Era habitual que, como las gabarras no llevaban motores, fueran llevadas a la sirga, «desde los muelles de la orilla izquierda, tirando de ellas una cadena de hombres y mujeres en trabajo bestial, con el chicote o maroma de remolque adherido a una banda de trapos o arpillera y caminando inclinados, casi como cuadrúpedos». El único descanso que tenían aquellos desgraciados eran los obligados cuando las barcazas llegaban cerca de los puentes. Entonces se arriaba la maroma y una vez pasado el puente, volvían a tirar de ella los esclavos.
Chineles bilbaínos
En medio de aquella frenética actividad económica, la ría también ofrecía una cara algo más lúdica. No eran pocos los niños -y los no tan niños- que aprovechaban sus aguas para refrescarse. Se cuenta que tiempo antes de que se construyera el actual ayuntamiento, donde antaño estuvo el convento de San Agustín, eran muchos los bañistas que habían convertido la zona en cuestión en una de sus favoritas. Tal fue así que un tal Calleja, botero que facilitaba el paso a la otra orilla, alquilaba taparrabos y corchos a quien quisiera darse un chapuzón. Todo cambió cuando se inauguró la nueva casa consistorial, ya que «el pudor de la Villa expulsó a los bañistas hasta la rampa del Chorizo, cerca de La Salve, y en jurisdicción de Deusto, donde no podían perseguirles los chineles bilbaínos».
Pero, sin duda alguna, si ha habido una figura que ha estado unida a la ría y su particular tesoro, esa ha sido la del angulero. Procedentes de Bilbao la Vieja, Ollerías, Urazurrutia, la Plaza de los Tres Pilares y el Campo de Volantín, los anguleros acudían a su tarea, las noches en que la marea era propicia, con sus chubasqueros, chaquetones, zamarras, bufandas y, por supuesto, con su farol. Casi todos ellos fumaban tabaco de picadura, lo que luego les servía para matar artesanalmente a sus pequeñas capturas. Recuerda Indalecio Prieto que las «noches de invierno, noches de pesca, desde los puentes, y viendo a los anguleros junto a sus humeantes candiles, solían gritarles algunos guasones: Anguleros, ¿pican, pican? Y los interrogados respondían con otro verbo que yo no puedo repetir».
La ría fue la arteria vital de Bilbao. Hubo un momento en su historia en que se vio tan concurrida, albergó tanta fuerza y energía que para nada desmereció a la apreciación de Blasco Ibáñez cuando, impresionado, la calificó de «prodigiosa». Eran otros tiempos.








