
Entonces, recuerda, si uno quería «encontrarse» con alguien pedía ayuda a los amigos. «Yo lo hice, pero no me hicieron mucho caso. Me sentí un poco herido». Sólo quería caminar por donde ella lo hacía. «Sólo era eso: un cruce de paseos. Ir al muelle, ver si ella venía o no venía. No era más que un poco de cachondeo en una atmósfera medianamente erótica». Lo malo, dice, era encajar los flechazos que hacían diana en los compañeros y le dejaban descolocado. «Mi mejor amigo, que lo sigue siendo, se echó novia, la que hoy es su mujer, y a mí me dio un ataque de cuernos tremendo. Si alguien se emparejaba, yo era el que siempre salía perdiendo».
No es un hombre de entusiasmos estivales. «Mi gran amor, el de mi mujer, fue en otoño. Soy de los que prefiere la caída de la hoja a la caída del vestido». La melancolía otoñal le parece óptima para los grandes enamoramientos. Aunque, antes de ir al Seminario, sintiera «un flechacillo veraniego» en las fiestas de San Roque, en Portugalete. «Fue la primera vez que bailé y eso me produjo una serie de sensaciones que casi no me dejaron dormir. Sentí el estallido de la juventud y, sobre todo, la cercanía de la feminidad. Yo tenía 16 años y aquello movilizó mis hormonas».
Mantiene vivo aquel baile en el recuerdo. «Me dejó muy calado. Fue la introducción al mundo de la mujer y el amor. Un 'shock'. Entonces estaba dudando si ir o no al Seminario, y eso le dio más morbo». Lo hizo, aunque nunca fue un seminarista al uso. «Jamás me lo creí del todo». Pero aprendió disciplina, literatura, lenguas clásicas y multitud de cosas. «¿Qué me hizo perder el Seminario? Me quitó aspectos fundamentales en la relación con el otro sexo. Hasta que salí con mi mujer, no supe lo que era dar la mano y un beso a una chica».
«Nadie se arrimaba»
La represión dominó su pubertad y juventud, lamenta Sádaba. Si alguna amiga le gustaba «mínimamente», hacía un análisis fenomenológico de lo que le estaba ocurriendo. «Intentaba matar lo que sentía, analizándolo. Una vez racionalizado e intelectualizado, ese afecto desaparecía. Fui un retrasado en el mundo del amor». Eso le parece negativo, porque, a esa edad, defiende, uno debe juntarse con quien le gusta. «Y eso me lo han quitado». Después de bailar con aquella chica en la verbena portugaluja, no tuvo «mala conciencia». A pesar de la «contradicción» que sentía, todo le parecía de una gran inocencia. «Era el típico baile agarrado de entonces. Nadie se arrimaba. No sabías qué decirle, ni siquiera le podías aguantar la mirada. La canción se hacía larguísima». Ya lo decía Pessoa, las cartas de los enamorados son imbéciles. «¿Pero qué pena si les quitásemos esa imbecilidad!».








