
A juzgar por su presencia permanente en los medios de comunicación rusos, los dos delfines que se encuentran en la primera línea de sucesión son los viceprimeros ministros Dmitri Medvédev y Serguéi Ivanov. El primero sería el liberal y el segundo el duro. El máximo dirigente ruso podría incluso optar por otro candidato distinto, pero lo que parece evidente es que las amenazas proferidas en los últimos meses por el Kremlin y algunas de sus decisiones indican que todo se encamina hacia la cerrazón y hacia unas relaciones difíciles con Occidente.
El pasado miércoles, dos días después de la detención del antiguo agente del CNI, Roberto Flórez García, de quien se sospecha que vendió información clasificada a Rusia, Putin elogió la labor de los servicios secretos rusos y les ordenó incrementar su actividad en el extranjero. Dio también instrucciones para «reforzar la capacidad combativa de las Fuerzas Armadas» y modernizar su arsenal. Esta actualización de la retórica belicista de Putin se produce poco después de haber amenazado con apuntar los misiles nucleares a las ciudades europeas y de suspender la participación de Rusia en el Tratado de Fuerzas Convencionales en Europa (FACE).
El escudo antimisiles que EE UU se dispone a desplegar en Polonia y la República Checa, el proyecto de instalación de bases norteamericanas en Bulgaria y Rumania además del posible ingreso de Ucrania y Georgia en la OTAN son las razones que Moscú esgrime para justificar su nueva política de rearme. Sin embargo, si Occidente no le hubiese puesto a Rusia en bandeja los argumentos para reanudar la vieja confrontación de la Guerra Fría, se los hubiese tenido probablemente que inventar. No hay nada más convincente para conseguir que los 'silovikí' (la cúpula del Ejército, los servicios secretos y el Ministerio del Interior) continúen mandando en Rusia que la existencia de una 'amenaza exterior'.
Poner orden
En la década de los 90, la prioridad para el entonces presidente Borís Yeltsin era privatizar la propiedad estatal y crear una clase empresarial. El caos en el que el país quedó sumido tras el brutal combate que se desató por el reparto de todo lo que tenía algo de valor obligó a Putin, un ex agente del KGB, a 'poner orden'. En los últimos ocho años ha habido avances, pero la riqueza está mal repartida y no hay manera de acabar con la corrupción. El antiguo espía ganó sus primeras elecciones bajo la bandera de la lucha contra el terrorismo. Recuperar el control sobre Chechenia era la tarea más importante. Sin embargo, el precio que ha habido que pagar para estabilizar Rusia y evitar su desintegración ha sido alto y no sólo en términos de libertades.
Se sigue sospechando que los atentados en varias ciudades rusas durante el otoño de 1999 fueron organizados y llevados a cabo por el FSB (antiguo KGB). Las explosiones sirvieron como pretexto para lanzar contra Chechenia una guerra no menos brutal. Algunos de los que se pusieron manos a la obra para investigar aquellas horribles matanzas, como el ex miembro de los servicios secretos rusos, Alexánder Litvinenko, están ahora muertos o encarcelados. El asesinato en Londres de Litvinenko con polonio-210 ha puesto las relaciones entre Londres y Moscú en su peor momento desde el final de la Guerra Fría. La muerte a manos de un pistolero de la periodista Anna Politkóvskaya, que siguió de cerca y condenó las tropelías cometidas en Chechenia por militares, policías y agentes del FSB, es también motivo de fricción entre Rusia y Occidente. A los 'silovikí', cuya cúpula está constituida por amigos de Putin procedentes, como él, de San Petersburgo, se les achaca también abusos en el terreno empresarial, el más flagrante fue la expropiación de la petrolera Yukos y el encarcelamiento de su presidente, Mijaíl Jodorkovski.
Y es que el enorme poder e influencia que hoy día tienen en Rusia los servicios secretos y, por ende, el resto de las instituciones armadas, se ha conseguido gracias a Putin y con métodos no demasiado ortodoxos. Una investigación a fondo de ciertas cosas sucedidas en Rusia desde el comienzo del milenio pondría en aprietos a mucha gente poderosa en la Rusia actual. Putin no puede dejarlos ahora en la estacada. Debe entregar el poder a alguien fiable y él sólo se fía de los 'silovikí' (derivado de la palabra fuerza).






