Verdaderamente, lo más sincero es la holganza diurna y nocturna del Puro Beach en Cala Estancia, un club pijo de playa sin playa pero con piscina, en el que se come, se bebe, se duerme al son del 'chill out' o el 'ambient' y, sobre todo, se mira y se paga por todo ello un huevo y parte del otro. Hay que ir de blanco, casi de ibicenco, porque si no se desentona con la claridad nuclear de la decoración o con las bolitas de rape y mejillones de la carta. Tan de blanco, insisto, como el lino blanco de los camareros o el coco loco que los alemanes beben a galones. Luego están, por supuesto, el yoga y el masaje del Puro Beach, sagradas actividades que ponen a punto el auto conocimiento, los chakras y el lumbago dolorido. Copas aparte, el minuto de siesta en la tumbona del Puro Beach, el milímetro de bronceado y media posturita de yoga cuestan tres veces más que lo que pagan por esta columna, cosa que me obliga a recomendar inexorablemente la playita normal, el chiringuito ibérico de siempre y el chocolate español con palmeros en Can Joan de S´Aigo.








