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Sociedad

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El corazón de hierro
28.07.07 -
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El paraje de Plazaola es una especie de museo de historia industrial al aire libre, desperdigado entre laderas y bosques. Aquí se puede contemplar la estación de tren abandonada, las ruinas de la ferrería que se estableció hace más de seis siglos, dos centrales hidroeléctricas en funcionamiento, las galerías del yacimiento de hierro de Bizkotx, las escombreras de mineral y los grandes hornos de piedra (ocho metros de altura) en los que se calcinaba el carbonato de hierro para convertirlo en óxido. El mineral ya calcinado pasaba de los hornos a unos enormes depósitos, y se descargaba directamente sobre los vagones del tren.

La tradición del hierro suma muchos siglos en este valle. Consta que la ferrería de Plazaola estaba en marcha en el año 1415, que para entonces ya llevaba tiempo trabajando, y que un privilegio real otorgado en 1307 a la villa de Tolosa mencionaba los yacimientos de Leitzaran. Al menos 18 ferrerías se instalaron en la zona, porque disponían de los tres elementos indispensables: corrientes de agua (energía gratuita para impulsar ruedas hidráulicas, martillos pilones y fuelles), combustible (carbón vegetal, de los bosques cercanos) y minas (no siempre necesarias, porque a veces se traía hierro vizcaíno, de mejor calidad). A lo largo del siglo XIX, cuando la competencia del carbón mineral y los altos hornos ya habían acabado con las ferrerías tradicionales, diversas compañías se dedicaron a extraer hierro. Una de ellas, la Sociedad Anónima Leizarán, pidió permiso para construir una vía y desde 1904 los trenes cargaron el mineral hasta Andoain (donde empalmaban con el ferrocarril del Norte, que completaba el transporte hasta el puerto de Pasajes).

Historia agridulce

En el primitivo tren del Plazaola solían viajar los trabajadores de las minas, pero el servicio regular de pasajeros no se instauró hasta una década más tarde, con la ampliación de la línea hasta Pamplona. Aunque la inauguración oficial se celebró el 19 de enero de 1914, el primer viaje a la capital navarra se improvisó unos meses antes, en julio de 1913, cuando los administradores, los ingenieros y los obreros decidieron acercarse en tren hasta la pamplonesa Vuelta del Castillo (final de la línea) para acudir a una corrida de San Fermín.

El Plazaola revitalizó pueblos y valles, escribió una historia agridulce de cuatro décadas, pero nunca resultó muy rentable: las minas se agotaron pronto, el transporte de pasajeros sufrió la competencia de las carreteras, escasearon las inversiones para modernizar el trazado. El tren resultaba cada vez más incómodo y lento. Y las inundaciones de 1953 le dieron la puntilla. Durante unos años el tren circuló en un tramo de sólo diez kilómetros para sacar la madera de Leitzaran hasta Andoain. Se desmanteló para siempre en 1958.
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