Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |
ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Viernes, 10 febrero 2012

Local

Estás en: El Correo Digital > Local
VECINOS
Enterrados en el 4º D
Un rosario de enfermedades y decenas de vertiginosos escalones confinan a María Dolores y a su esposo octogenario en un piso de 40 metros de Atxuri
Vota
0 votos

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
Enterrados en el 4º D
EN EL PASILLO. José Ortega enfermó en 1999. / MITXEL ATRIO
Para esta familia bien avenida no es ningún problema compartir cuarenta metros cuadrados de piso. El padre, José Ortega, de 80 años, comparte cuarto y cama con su hijo Francisco, de 28 y con una discapacidad del 70% por esquizofrenia. La madre, María Dolores Farelo, de 71 años, tuvo que dejar su lugar en el lecho conyugal y ocupar la habitación de Kiko porque ella, con una discapacidad del 73,5% por problemas auditivos y de vista, no podía atender a su esposo durante la noche.

«Al marido se le encharcan los pulmones, se ahoga y hay que darle la medicación. Como yo por la noche me tengo que quitar el aparato del oído, no lo escucho. Así que es el hijo quien se encarga». «¿Tiene que levantarse muchas veces!», reconoce José con un susurro vigoroso. Y la hija, Rocío, de 34 años, que ocupa la tercera habitación, añade: «Es que echa mucha flema y hay que acompañarle al baño y darle las medicinas».

Tras toda una vida salpicada de estrecheces han cultivado una resignación suficiente para capear la que ahora sufren. «¿Pero si aquí vivimos nueve durante muchos años! Los siete hijos y nosotros», recuerda María Dolores. Y cualquiera dudaría de que eso fuera físicamente posible en una vivienda con una cocina mínima, donde la pintura plástica sucumbe al paso de las décadas; con un baño que es una esquina; con un pasillo oscuro que casi oprime los hombros; con tres habitaciones con cortinas en vez de puertas, porque no hay ángulo para abrir puertas, donde se amontonan camas, armarios de tela, fotos de comuniones, figuritas de porcelana y recuerdos en todas sus formas. «Nos arreglábamos poniendo camas plegables por todos lados. ¿Y suerte que tenemos esto, que ahora hay mucha gente que ni un piso así puede comprar!».

Nada de eso supone un problema para ellos. La cuestión es otra. Esa mínima parcela de vida familiar está encaramada en un cuarto piso de un inmueble centenario de Atxuri, en Bilbao. Para escalar hasta allí hay que salvar decenas de vertiginosos escalones. Los tramos estrechísimos de escalera se suceden de manera irregular y la travesía es penosa hasta para quien goce de buena forma física. «Ya nos lo dijeron los técnicos: es imposible poner ascensor», se lamenta Rocío. Ese precipicio oscuro que huele a madera mantiene confinados a sus padres desde hace meses y se ha convertido en el muro que su débil salud, la de los dos, no puede superar.

Las cosas comenzaron a complicarse en 1999. Hasta entonces José «nunca había ido al médico; era muy activo, siempre estaba haciendo algo». Se jubiló, tras décadas trabajando el mármol, y se encargaba de hacer la compra. «Un día llamó una vecina, nos dijo que estaba en la carnicería y que no podía hablar. Parece que le quiso dar una trombosis», recuerda su esposa. «Desde entonces se le olvidan palabras», añade Rocío, mientras agarra la mano de su padre, encajado en una silla de playa cubierta con una manta estampada. Sucumbió a la potente medicación que empezó a tomar entonces, y la cosa empeoró cuando le detectaron un tumor en los pulmones, que consiguió esquivar a base de radioterapia.

Sucesión de problemas

Pero lo peor llegó en noviembre, «cuando se le encharcaron los pulmones: le sacaron más de tres litros de líquido», evoca su hija, y acompaña la historia con certificados médicos que guarda ordenadamente en una carpeta de plástico blanco. Tras un mes hospitalizado lo enviaron a casa. «Un pulmón no le trabaja y el otro, apenas. Una vez al mes vienen a hacerle análisis de sangre, porque no puede salir de casa». De hecho, desde diciembre de 2006 no ha pisado la calle. «Y eso que el médico se lo recomienda, para respirar aire fresco. Pero el pobre no puede ni bajar dos escalones».

Lo de María Dolores también es una sucesión de catástrofes. Desde 1994 tiene reconocida su minusvalía por defectos en la vista y el oído. «Si a eso le añadieran ahora lo del brazo y la artrosis, es para llevarme a la chatarrería». Se refiere a la caída que sufrió el 5 de diciembre de 2003 en las escaleras que unen el portal con la acera. «Son de piedra y estaban muy picadas. Llevábamos años pidiendo que las arreglaran y pusieran una barandilla, pero no lo hicieron hasta que casi me mato». Se rompió el húmero, tardaron 19 días en operarla y tras el mal trago padeció año y medio de rehabilitación. «Parece que me afectó al nervio, no he recuperado la fuerza en la mano», se lamenta, mientras abre y cierra los dedos de la mano izquierda como en cámara lenta.

Luego llegó lo de las rodillas: «Me dolían y cuando me hicieron radiografías me dijeron que estaban para operar, las dos. Inmediatamente». Pero no puede pasar por quirófano porque su obesidad mórbida (109 kilos en poco más de metro y medio de altura) se lo impide. Debería perder peso, pasear, pero la calle es inaccesible.

Enterrados en el cuarto D, la vida cotidiana es claustrofóbica. Rocío se va, temprano por la mañana, a trabaja en el servicio doméstico «en una casa de Unbe». Su madre prepara el desayuno para José: «A las diez toma algo de café con galletas y luego se pone a ver la tele, aquí en la cocina». Pero cuando María Dolores empieza a cocinar «se tiene que volver a la cama porque el humo de la comida no le deja respirar, y como ni tenemos salita...».

El ventolín

A veces pasean por el rellano de la escalera, de unos tres metros de longitud, sobre todo cuando el calor es más opresivo. «También voy a la ventana», dice José con un hilo de voz. «Y me doy el cacharrillo ese», añade, a la vez que levanta pesadamente el brazo para señalar el ventolín. «También tiene que tomar morfina para los dolores», matiza la hija. «Tengo más pastillas que la hostia ahí», replica él.

Comparten la rutina con la gata 'Yasmina', la cotorra 'Lupita' y el canario 'Picachu'. «Nos los trajeron los hijos, para que nos entretengamos», informa la señora. «Es que nos gustan mucho los animales; aunque esta gata es maaaala».

Los hijos se ocupan de la intendencia. Los varones cortan el pelo y afeitan a su padre; Rocío le baña. «La suerte es que casi todos viven por aquí, y para cualquier recado o emergencia pueden presentarse en casa en cinco minutos». Su madre se felicita: «Lo único que me ha salido bien en la vida fueron mis siete hijos, que ninguno me ha dado disgustos; puedes preguntar en el barrio». Uno es carnicero, otro camarero, también hay alguna ama de casa y otras se dedican al servicio doméstico.

El pecho de José comienza a hacer ruidos raros. «Le hemos cansado un poco más de la cuenta», observa Rocío, ayudándole a levantarse. Erguido, exhibe esa fragilidad de la enfermedad y el cautiverio. «Tumbate un poco, papá». La hija le habla con ternura y le acompaña a la habitación. «Ahora se echa y se recupera un poquillo».

La madre y la hija comienzan a hacer la cena casi encajadas en la angosta cocina. A los quince minutos regresará José, a quien le espera una sopa de estrellas y arroz con leche. «Come como un pajarito», lamenta Rocío. «Pero también hay costillas de cordero. ¿No te vas a quedar a cenar?».
Vocento
SarenetRSS