
Durante tres días fríos pareció que García había aprendido la lección que Tiger Woods impartió el año pasado en el Open caliente de Hoylake sobre cómo jugar esta modalidad de golf costero que los ingleses llaman 'links-golf'. Tras su exhuberante recorrido del sábado, el golpeador García salió en la última pareja contra Woods y sus hierros. Porque el número uno mundial no utilizó ningún 'driver' mientras avanzaba hacia la victoria. Eran calles con mucho bote, donde la bola podía correr muchos metros desde su primer impacto, pero también acentuaba que en estos campos hay que darle a la bola con control y baja, para que no se vaya al capricho del viento.
El reto de García a la hegemonía de Woods duró entonces los dos primeros hoyos. Lo que tardó en comprobarse que el gran 'driver' del levantino se iba muy lejos, pero en el 'green' quien tenía oportunidad de 'birdie' era el número uno. Para ganar el Open, enseñó Woods, hace falta el autocontrol en el juego y en la personalidad.
Controlarme a mí mismo, ése ha sido el mantra de García este año en Carnoustie, donde ha utilizado dos o tres 'drivers' en cada recorrido. Esa era la lección quizás aprendida, pero en el deporte hay algo que quizás no se puede aprender. Sergio García salió ayer con tres golpes sobre alguien que no ha ganado nunca y con seis sobre un grupo con mejor pedigrí. Controlarse a sí mismo, evitar errores y lograr algún 'birdie' en el camino hacia la victoria. No era fácil, pero estábamos ante Sergio García.El pronóstico del tiempo decía que vendrían vientos y grandes chaparrones, pero, en el 'tee' del uno, el golfista con aires de torero, ayer de pistacho y blanco, no oía rugidos de éxtasis por los hoyos en los que avanzaba el tigre herido Woods. Había calma climática tras la persistente lluvia mañanera y su pareja, Steve Stricker, tiró su bola avisando al público del peligro.
Desconcierto
Y entonces comenzó el errático peregrinaje de García por el campo de Carnoustie, que le había dado el liderazgo tres días consecutivos, en el que había cometido tres 'bogeys' en 54 hoyos exigentes. Fue un espectáculo triste, el de un deportista de élite, capaz de competir con los mejores del mundo, pero con un oscuro impedimento para la gran victoria.
En los dos primeros hoyos se salió de la calle pero salvó el par en el 'green'. En el tercero, se fue al centro de la calle e hizo 'birdie' con un 'putt' de un metro y medio. García estaba sólo en el marcador de líderes, los demás a cinco golpes. Consiguió otra oportunidad de 'birdie' en el 4. Se quedó a un palmo.
No había la alegría de otros días en sus gestos, ni el sentimiento de autocontrol y solidez. Se percibía la vieja tensión en torno a él y, cuando se fue del 'tee' del cinco al borde de un 'bunker', a 123 metros del 'green', y tuvo que conformarse con firmar un 'bogey' tras recuperar la calle por la imposibilidad de apoyarse en tierra firme para pegar, todo se oscureció.
En los siguientes hoyos, García ya no comandaba el campo. En cada 'green' batalló para mantener el par. El marcador le hablaba de la amenaza de Romero y de Els. El horizonte, ya pegado al mar, era tenebroso. Una nube como una medusa negra con dos cuernos sobrevolaba el séquito temeroso de García y Stricker. Pero no acababa de romper la tormenta. En el 'tee' del 9 sacó el 'driver', abrigado de la inclemencia por un peluche de torito y su hermana Mar ya le gritaba desde la barrera: «Vamos, Tete, venga, venga, va». Tras la ansiedad, en el 9 no ocurrió nada. Un 'putt' largo para un 'birdie', que no entró. Sonó el pitido de un tren.
En el 10, otra oportunidad de 'birdie' fallada. El movimiento del 'putt' como si fuese un arrastre, no un ataque. Harrington apareció en el marcador. Els y Romero seguían allí. En el 11 y en el 12, de nuevo oportunidades de 'birdie'. ¿Era posible que García se serenase en el camino de regreso? Al fin, parecía capaz de quitarle golpes al campo, como había hecho cada día, en vez de batallar para salvarse.
Con Romero ya nueve bajo par, García quedó a un golpe tras el 'birdie' del 13. Con Harrington en -9, García le igualó tras el 'birdie' del 14. Ante la posibilidad de la victoria, Harrington tiene fama de atragantarse. Pero antes lo hizo García, con un 'bogey' en el 15. Ahora llegó el momento de la comprobación final.
Hay grandes derrotas en la historia del deporte, que incorpora la cultura del vencedor, de la victoria, pero registra en el camino a derrotados que inspiran por el estilo o la dimensión de la debacle. Se les retrata a partir de entonces como portadores de alguna falla psicológica, que les impediría ser el vencedor.
¿Por qué cayó Luis Ocaña en el Col de Mente, en el Tour de 1974, cuando estaba dominando ya sin aparente remedio al extraordinario Eddy Merckx? ¿Qué provocó el tropiezo de Javier Cardeñosa ante la puerta vacía de Brasil en el estadio del Mar de Plata, en el Mundial de los dictadores, en 1978? ¿De qué elementos estaba compuesta la desmembración anímica de Jana Novotna ante Martina Hingis en el segundo set de la final de Wimbledon, en 1997?
En este mismo campo, en 1999, el francés Jean Van de Velde compuso una de las grandes escenas de la historia de las derrotas deportivas. Fue una pérdida pública de serenidad, el colapso de su inteligencia para el golf cuando tenía el Abierto Británico en sus brazos.
En el mismo hoyo, el 18, Padraig Harrington intentó ayer emularle. Pero fue más leve. Entró en el agua y salió del agua. Entró de nuevo en el agua y salió de nuevo del agua. Había regalado finalmente el Open al vacilante Sergio García, que venía detrás, dejando cada 'putt' a medio milímetro del hoyo. Pero García tampoco podía ganar el Abierto Británico. La tarde era excelente, la tormenta no había llegado, aunque él llevaba desde el hoyo 1 los pantalones para el agua. En el 18 -el par le bastaba para ganar- se fue al 'bunker'. Sus segundos hierros habían sido hasta entonces prodigiosos. Ése, el crucial, se fue a la arena. De allí salió largo y hacia el 'bogey' y hacia el desempate.
Ya no era un hermoso espectáculo deportivo, sino escenas que dan miedo, denteras, apuro, vergüenza ajena. Dos perdedores escogidos entre los mejores golfistas del mundo avanzaron por cuatro hoyos en busca de una excusa para levantar la Jarra del Abierto o marcharse. Ganó Harrington. Eso es todo.







