
EL GANADOR
Y Armstrong, copropietario del equipo Discovery, la vio en la silla. Frente a la tele. Ahogando el teléfono. Llamando a Bruyneel, el director de Contador. Modelando a su sucesor: un madrileño joven, de 24 años, de Pinto. «No dejaba de llamar», decía Bruyneel. Armstrong sudaba por Alberto. Le soplaba a través del móvil. Les une la piel: tienen el mismo maillot. Y les emparenta el pasado. El cruce vital con la camilla de un quirófano. Dos supervivientes.
Armstrong regresó del cáncer, del vómito de la quimioterapia. Contador ha vuelto de un cavernoma cerebral. Domadores de un cara o cruz. Los dos hablan el idioma del resucitado. En Plateau de Beille sólo habían ganado dos. Pantani, en 1998. Es el ídolo de Contador. Y Armstrong, en 2001 y 2004. Es el tutor del madrileño. Ayer se sumó a esa lista el chaval de Pinto. Al entrar, con la cruz de los marineros barqueando sobre su maillot, no pensó en el Tour. Que eso ya llegará. Le vino la imagen de Raúl. Su hermano. Clavado desde siempre a una parálisis cerebral. Al mal que a él le rozó hace tres años en aquella sala de hospital. Contador, como Armstrong, pedalea sobre una segunda oportunidad. Y, como él, rápido. Tanto que sólo Rasmussen, el líder, le siguió. Por Contador, segundo en la general a dos minutos y 23 segundos, el Tour sigue en vilo. Encendido.
En el ciclismo la derrota es lenta. Se regodea con las víctimas. A Vinokourov le llegó en el puerto de Pailheres. Largo, cálido pese a la luz amortiguada ayer de los Pirineos, estrujador. Es de esas cuestas que guardan lo mejor, lo peor, para el final. De un tajo, Vinokourov quedó trasplantado. Sus rodillas, momificadas aún por vendas, reventaron. A sus músculos sólo les quedaba una súplica. Kazajistán le perdía, como luego a Kloden y Kasheckin. El Astana quedó vacío. Un solar. Mientras los fugados del día -Txurruka, Rubén Pérez (del agresivo Euskaltel-Euskadi), Iván Gutiérrez, Barredo y Colom- buscaban las rampas de Plateau de Beille, la clasificación general propuso otro duelo, ya sin el kazajo: Rasmussen frente al Discovery de Contador y Leipheimer. El diesel de Sastre, los gestos de ardilla del colombiano Soler y la ventosa del invisible Evans eran testigos. De lejos, se veían las estelas del maillot de Astarloza y de Valverde, condenado a perder el Tour.
59 kilos de peso
Contador encarnó a Armstrong. Simuló. Como el americano en La Madeleine cuando timó a Ullrich. Se dejó caer a una esquina del grupo. A mirar. Mirada intensa. Sin miramientos. El asfalto, pintado de blanco, tarareaba su nombre. Repartió tortas con Rasmussen. Escuchó en la cuneta el coro de su peña. Sangre caliente. Y se hizo un resorte. Su oficio es la guerra, nunca la tregua. El ADN del escalador castellano. A cada ráfaga, caía un rival: el último fue Evans. Rasmussen y Contador pesan lo mismo: 59 kilos. Pasajeros del aire. Buen filo. Rasgan el viento.
Cuando vieron los pedales del australiano detenidos en una rampa, abrieron la ventana del puerto. Solos. A la vista de la cima. Y tiraron por el camino que marcaba la gente, la historia del Tour. Armstrong, de pie. Lejos, en Estados Unidos. Cerca, a un metro de la pantalla. Bruyneel cantaba sus mensajes por la radio. Hasta que Contador decidió solo. Manantial de ciclismo. Más ataques. Pertenece a un casta privilegiada, la de Pantani y su jefe tejano. Rasmussen se le arrimó y deletreó un pacto: la etapa para el madrileño y la general para el danés. Asintió Contador. Claro. Soñaba. Despierto. Resucitado.
No hace tanto (2004), en una carretera vieja de Asturias, se le fue la cabeza. Liada en el laberinto de un cavernoma, de un nudo de capilares que se hincha, que oscurece. Entre convulsiones, se dio de cara con el asfalto. Blando, sin sentido. Como una nuez. Se cascó la cabeza. Pasó diez días en un hospital de Oviedo. Y cuando regresó a casa, una noche, de nuevo cayó en el temblor. Tras el telón del cavernoma. La familia temió lo peor. Es su estigma genético. El mal que a su hermano Raúl le ha congelado el cerebro. Alberto parecía el siguiente. Sólo quedaba la ruleta del quirófano. Adiós al ciclismo.
Durante cinco meses vivió como Raúl, dependiente. Paciente. El 17 de noviembre de 2005 le dieron el alta. Y esa tarde cogió la bici. Saludó a la colección de jilgueros que cuida en casa y voló. Por su ventana regalada. Por su segunda vida. «Los médicos decían que no podría correr. Pero yo dije que sí». Cumplió su palabra.
Rasmussen no. Pese al acuerdo, reclamó la etapa. No le valió. Contador no pedaleaba solo. Iba con Raúl. Por él. «No sé, al entrar he pensado en mi hermano». De Pinto. De palabra. El Tour está de su parte. Como el futuro.







