
Furibundo, tras dejar en un suspiro su desventaja ante Masa en el cambio de gomas en la vuelta 53, después de ocupar el centro del 'pit-lane' mandando a Fisichella casi al muro para ganar la posición franca en el regreso a la pista, puso el contador a cero e inició una carrera concentrada. Tenía seis vueltas para demostrar lo que confirmó posteriormente ante los medios. «La lluvia me gusta». Le encanta, sería más exacto puntualizar. Situó en su visor imaginario el Ferrari de Massa y a por él. A tumba abierta, fuera de trincheras, alardeando de valor en el cuerpo a cuerpo.
Las dos primeras andanadas no dieron en el blanco, pero hicieron palidecer al brasileño. Por dentro y fuera, saliéndose del rebufo y llegando desde más lejos para buscar un hueco al frenar más tarde. Era Alonso un Miura desbocado que no atendía a capotes y sólo buscaba el cuerpo. Quería cornear al Ferrari y lo logró un giro después. Fue una dentellada, un enorme bocado con el que el español apresó a su víctima y la engulló de inmediato. En el punto más famoso del fin de semana en Nurburgring, donde Hamilton se estrellaba el sábado. El que Michael Schumacher bautizaba ayer oficialmente como su 'ese'.
Era el lugar. Alonso describe un largo interior. No quiere jugársela en horquillas de las que puede salir trasquilado. Prefiere el campo abierto, el de poder a poder. Los dos coches comienzan a rodar en paralelo. Sorpresa a la vista. Como en los guiones que firma Quentin Tarantino junto a la cuadrilla de secuaces que ejercen para él de guionistas. El cineasta
de Knoxville, presente en el trazado alemán como fetiche-talismán de Red Bull, se echaba las manos a la cabeza al percibir que algo grande iba a pasar. El firmante de 'Pulp Fiction' lo habría elevado a la categoría de carnicería. El asturiano lo dejó en una ejecución sumarísima.
Ni Alonso ni Massa dan su brazo a torcer y se produce el contacto previo al adelantamiento del campeón en vigor. Los siguientes segundos discurren a cámara lenta. El toque, lateral contra lateral, fue muy perceptible. Posibilidad de daños. Alerta máxima. Los siguientes segundos discurrieron
a cámara lenta hasta que la galopada del español fue el bálsamo esperado por los suyos. Dos meses y cuatro carreras después de ser laureado en Mónaco, se recuperaba la imagen ganadora del Alonso en estado puro. Como un gladiador, con la ambición por montera.
No refrenó su espíritu indomable el abandono de Raikkonen cuando el finés ya le mordía las posaderas. Tampoco la constatación de que no era el fin de semana de Hamilton. Podía haber optado por sacar la calculadora, conformarse con los ocho puntos del segundo puesto y cederle una porción de gloria a Felipe Massa. Sin amagos de irse del asfalto ni golpes con el brasileño. Pero del ábaco del ovetense sólo salen sumas, nunca restas.
Cuando el cielo se cubrió, para él se hizo de día. Es, realmente, un tipo atípico. También en las carreras. Buscó el premio gordo y ya ha pasado por ventanilla para cobrarlo. Se queda a dos puntos de Hamilton en el campeonato y saca ya 16 a Raikkonen. No es como para cantar victoria cuando quedan siete circuitos por visitar, pero es a lo máximo que podía aspirar en una jornada en Nurburgring que durante largo tiempo despidió un tufillo ferrarista que tiraba para atrás.
Cantó para que lloviera en Silverstone y las nubes han tardado dos semanas en descargar su agua. Bendita. La necesitaba y la devoró como si se tratara de maná. Volvió a ser el de siempre, emergió el espíritu del campeón. Llamó al cámara de la FIA para que recogiera a pie del podio la huella dejada por el Ferrari de Massa, mientras señalaba al bólido rojo negando con la mano. «Eso no se hace», venía a decir. Después, discusión con el brasileño junto a la báscula, gesto despectivo del ferrarista y retorno a la calma, no sin antes celebrar el éxito en el cajón con más vehemencia que en otras ocasiones. Normal. Acababa de salvar un 'match ball' y se metía de nuevo en el partido. Sin Hamilton al lado. Sin sombras.







