Es muy probable que no le moleste que su vecino sea negro como el betún. Pero a lo mejor desconfía de los magrebíes: «Es que con los moros ya se sabe, te van a engañar». Y además son unos fanáticos religiosos, pensará al fustigarse con las disciplinas, colocarse el cilicio y discutir con quien sea que la Virgen Blanca es mejor que la Virgen del Rocío. Y qué decir de los sudamericanos: «¿Esos indios que vienen a dejar sin trabajo a nuestros hijos y a recibir todas las ayudas sociales!». De los europeos llegados de los antiguos países comunistas sólo esperará que se vayan a tocar el acordeón a su Rumanía natal. Y usted conoce que algunos también se meten con los gitanos: «Su cultura es robar, y lo sabes». Incluso que otros se preocupan porque uno ha nacido en una provincia alejada a éstas, originarias de un pueblo que tiene esencia e historia milenarias de 7.000 años de antigüedad, que ya ha llovido, y le dicen al amigo castellano que lleva aquí toda su vida que le aceptan porque ya se le puede considerar de Vitoria, pero que «hay otros como tú que, fíjate, cuando se jubilan se vuelven a su pueblo, con nuestro dinero».
A lo mejor piensan que exagero. Que caricaturizo. ¿Qué más quisiera! Vivo aquí y frecuento muchos ambientes -promiscuo que soy- y les puedo jurar que lo escrito más arriba lo he oído repetidas veces y sólo representa la parte publicable de los comentarios de demasiadas personas. Por muy cosmopolitas y tal que nos consideremos, mayoritariamente somos unos miserables racistas y nos deberíamos avergonzar. Muchos más ciudadanos que el 8% formado por los vitorianos nacidos en el extranjero lo agradecerán.
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