
El cartelón, con un jovencísimo Javier Clemente como cabecilla, resume unas cuantas lecciones de historia: cómo es posible que este valle burgalés, germen de Castilla hace 1.200 años, intentara adherirse a Vizcaya una y otra vez en los siglos XIX y XX, alegando precisamente que sus tierras y sus costumbres no eran castellanas. Para comprender semejantes vaivenes -y para comprender por qué Clemente ocupa un hueco en este santoral, si es que hace falta explicarlo-, conviene echar un vistazo a la entretenida historia de estas tierras.
Resulta que allá por el siglo VIII vivía aquí un puré de gentes (sobre todo autrigones, también várdulos y caristios, quizá cántabros y vascones) que decidieron fortificarse para frenar el avance musulmán. Levantaron muros, torres, castillos. Y en el año 800, en el documento fundacional de una iglesia de la zona, apareció por primera vez el nombre de Castilla, tierra de castillos. Así se llamó a la región que se extendía por el norte de las actuales Palencia y Burgos y el sur de Cantabria.
El territorio estaba dentro de la monarquía asturiana, pero pronto pasó a ser un condado y para el siglo XI ya era un reino independiente. Unos siglos más tarde cimentaría el mayor imperio de la historia. Así que fue en el Valle de Mena y en las comarcas contiguas donde nació Castilla la Vieja, pero la Vieja viejísima.
Vizcaínos de vocación
Pero el propio Valle de Mena sufrió un baile continuo: pasó por las manos de los condes y reyes de Castilla, de los reyes de Navarra y de los señores de Vizcaya; perteneció a la provincia de Santander, luego a la de Burgos -donde sigue ahora-, y entre el siglo XIX y XX los vecinos reclamaron hasta cinco veces su integración en la provincia de Vizcaya. En 1924, el alcalde y los concejales de Mena escribieron al dictador Primo de Rivera para pedir una vez más que les dejaran integrarse en Vizcaya (algunos pueblos del valle preferían ser alaveses, pero aceptaron la opinión mayoritaria), y lo hicieron en estos términos: «Basta con mirar la Peña de Losa, El Cabrío o el nacimiento del río Cadagua para ver que el Valle de Mena ya no es Castilla, y eso se nota en sus edificaciones y costumbres».
Como recoge Javier Mardones en su interesante página (www.valledemena.com), los meneses presentaron al Gobierno central toda una batería de motivos para hacerse vizcaínos. Vivían a 100 kilómetros de Burgos (con muy malas comunicaciones) y a sólo 30 de Bilbao (con carretera y tren), de modo que «un 95% de los meneses no conoce Burgos, mientras que la inmensa mayoría frecuenta Bilbao para sus asuntos o recreos». Los vecinos del valle debían acudir a Balmaseda (Vizcaya) para resolver todas las cuestiones de juzgados, notarios, registros de propiedad, medicina y farmacia. Y, a cambio de los impuestos pagados a Burgos, el Valle de Mena no recibía apenas nada: ni carreteras, ni teléfonos, ni guarderías ni asilos.
El texto se mostraba especialmente cauteloso y comprensivo con las dificultades de la Diputación de Burgos para ocuparse de esta comarca lejana, pero la petición no sentó nada bien en la capital. 'El Diario de Burgos' acusó a los meneses de «insensatos y materialistas», y a Vizcaya de «imperialista» y de «embaucar» a los vecinos del valle vendiéndoles el bienestar del que supuestamente disfrutarían con el cambio. Al final, el Gobierno rechazó la propuesta de un plumazo: los municipios con derecho común no podían incorporarse a provincias con régimen foral.
Los meneses quizá debieron recurrir al argumento incontestable: los bilbaínos nacen donde les da la gana.
Perderse por el valle
El Valle de Mena es una delicia. Lo custodian dos sierras: al norte, las montañas onduladas de Ordunte; al sur, la cresta caliza de La Peña, hogar de una colonia de buitres leonados. Y, entre ambas, una alfombra de praderas jugosas, en las que pastan ovejas, vacas y caballos, con manchas de robles aquí y allá, bosquetes de sauces, alisos y chopos en las orillas de los ríos, y algunos parches oscuros de pinares repoblados. Cerca de los pueblos crecen los frutales y los huertos. Mena tiene ese aire idílico de los valles suizos que aparecen en los puzles.
Atraviesan la llanura una vía de tren y una carretera (antaño conocida como 'la africana', por su estado lamentable, aunque ahora es excelente). La gracia está en desviarse, perderse por los caminos del valle y buscar las aldeas, tropezarse con ellas, porque muchas están agazapadas al pie de las montañas, entre hayedos y quejigales. De pronto, a la vuelta de una curva, descubro un arroyo (el truchero Cadagua, recién nacido), una abuela sentada a la orilla remojándose los pies y, unos metros más allá, un puñado de casonas cúbicas con tejado a cuatro aguas. Es Vallejo de Mena. Aparco y camino cuesta arriba, entre las casas, sin ver a nadie, sin oír nada más que la brisa y algún trino. Se me ocurre que debe de ser uno de los pueblos más silenciosos de España. Un perro me lee el pensamiento y rompe a ladrar. Le acompañan otros dos, como si le rieran la gracia, y enseguida ladran otros cuatro, seis, ocho, todos los del pueblo, el estruendo retumba en las casas y yo corro como si nos sacudiera un terremoto.
La carrera me lleva hasta un promontorio en el que se levanta un edificio rotundo. Tiene hechuras de castillo, pero antes que nada muestra un ábside de elegancia asombrosa, dividido con un juego geométrico de columnas y columnitas, ventanas y arquerías ciegas. Es la iglesia románica de San Lorenzo, de los siglos XII y XIII, en cuyo interior la inscripción de una tumba cuenta que «Donna Endrequina de Mena dio esta casa a Hierusalem». La tal Endrequina, descendiente de uno de los primeros repobladores del valle, donó el templo a la Orden de San Juan de Jerusalén, unos caballeros hospitalarios que se dedicaban a acoger a los peregrinos. En una de las portadas de la iglesia, las imágenes de caminantes con concha y bordón confirman la idea de que estas tierras, hoy tan apartadas, fueron en la Edad Media un ramal importante del Camino de Santiago (entre Bilbao y Briviesca).
Después enfilo por una carretera muy estrecha que se dirige en línea recta contra la sierra de La Peña, sin otro destino aparente que chocar con ese murallón boscoso. Por ella camina una señora con bastón, apretando el ritmo, también hacia la montaña. Avanzo para resolver el misterio. En el último momento, la carretera gira y desemboca en otro pueblo oculto de caseríos como cubos. Es Siones, que alberga una joya del románico menés, tan sobria como hermosa: la iglesia de Santa María, de finales del XII, de sillería reluciente tras la última restauración. Su belleza es la de la simple geometría, la mera armonía de volúmenes escalonados: una sola nave rectangular (con contrafuertes y dos portadas con arquivoltas), una torre sobre el crucero y una cabecera con ábside semicircular. Parece un juguete ensamblado por un niño. La leyenda se la atribuye a los templarios.
Y un poco más adelante, en Lezana de Mena, la ruta pasa junto al torreón imponente de los Velasco, aquellos señores feudales que se enzarzaban en banderías sangrientas con el clan de los Salazar. Esta torre de color turrón, con sus almenas y saeteras, es una de las quince que se mantienen en pie en el valle, de las sesenta que se llegaron a contar.
Lo curioso es que los tesoros románicos se conservan probablemente gracias a la pobreza: en otras comarcas, con el paso de los siglos, muchos templos se reconstruyeron siguiendo los nuevos estilos (gótico, barroco, neoclásico ), y los elementos románicos desaparecieron o se conservaron sólo en algunas partes. Parece que el Valle de Mena, después de una vida medieval tan agitada, se sumió en el olvido y un cierto abandono. Y esto le permitió mantener los rastros que hoy suponen su mayor atractivo: una comarca de paisajes espléndidos que además conserva de maravilla las huellas de romanos, templarios, peregrinos, caballeros de San Juan, señores feudales y Javi Clemente.








