
La victoria de Imaz, según su entorno, no radica tanto en haber salido fortalecido del envite -las teorías al respecto son múltiples y diversas- como en haber logrado grabar en el inconsciente colectivo las pautas que ya estaban prefijadas en el documento sobre normalización política aprobado por la dirección peneuvista en octubre de 2005 y en el acuerdo de coalición PNV-EA-EB, fechado unos meses antes. «La cuestión no es si le favorece o no, sino dejar clara cuál es la posición real del partido, cuál es el posicionamiento ético que se deriva de sus documentos oficiales», subrayan fuentes del PNV. El líder jeltzale habría conseguido pasar la 'patata caliente' al tripartito vasco, que ahora se vería en el aprieto de tener que contradecir lo que está escrito negro sobre blanco y sancionado por su firma. El Ejecutivo de Vitoria -por boca de su portavoz, Miren Azkarate- no sólo no lo ha hecho, sino que incluso citó textualmente el discurso de investidura del presidente vasco, en el que asumía los parámetros que ahora recuerda Imaz, si bien al mismo tiempo insistió en que en otoño habrá iniciativas «de esperanza y de futuro».
El estudiado laconismo del lehendakari -hasta la fecha se ha limitado a prometer que el referéndum se hará antes de las próximas elecciones autonómicas, sin más concreciones- y la ambigüedad de los socios -sostenían que dar la palabra a los vascos podía crear las condiciones necesarias para iniciar un nuevo proceso de pacificación- se han dado de bruces con los argumentos del líder del EBB, que se decidió a pasar a la acción cuando las señales de alarma empezaron a multiplicarse, ante el peligro de que la bola de nieve siguiese creciendo y terminase por arrollarle. El propio Egibar comentó hace dos semanas en una entrevista en la radio pública vasca que si los Parlamentos vasco y navarro se decidían a «tomar la iniciativa política» -algo que comporta «riesgos», advirtió- podrían obligar a ETA a renunciar a la violencia. Después llegaron las apelaciones de dirigentes de primera fila de EA -Joseba Azkarraga y Unai Ziarreta- a convocar la consulta en cualquier escenario y a «reactivar» el plan Ibarretxe. Javier Madrazo puso su granito de arena al apostar por un plebiscito que de forma simultánea impulsase el derecho de autodeterminación y certificase el rechazo mayoritario de la sociedad vasca a ETA, mientras el lehendakari movía sus hilos y preparaba discretamente su 'reentré' en el primer plano de la escena en el Pleno de política general de septiembre.
Paso al frente
Ése es el caldo de cultivo que propició el paso al frente de Imaz, quien, como él mismo ha desvelado esta semana, concibió y redactó el polémico texto en solitario, aunque muy probablemente lo contrastó con sus colaboradores más cercanos en el EBB antes de enviarlo a la prensa. Lo mismo sucede con la ponencia política a la que los afiliados podrán presentar enmiendas antes de su definitiva ratificación en la asamblea prevista para diciembre, un documento que Imaz ya está ultimando. El impacto del artículo fue brutal, aunque tanto el propio autor como el Gabinete Ibarretxe se esforzaron en cerrar el frente abierto antes de que pudiese hablarse abiertamente de crisis. A partir de ahí, se han producido lecturas divergentes sobre quién ha sido el ganador moral de la batalla, cuáles sus consecuencias e interpretaciones distintas sobre lo que unos y otros han dicho públicamente. El líder del EBB sostuvo en su única entrevista tras la publicación del artículo que la ejecutiva peneuvista y el lehendakari irán «de la mano» a la hora de diseñar la «iniciativa» que Ibarretxe expondrá en sede parlamentaria en otoño. El portavoz de la dirección jeltzale, Iñigo Urkullu, ha confiado esta semana en que esta legislatura sirva para «negociar y decidir», sin que ETA marque la agenda y sin que ninguna formación tenga «derecho de veto».
Fuentes del tripartito interpretan estas afirmaciones como una pequeña claudicación en la práctica y una aceptación implícita de que el PSOE nunca estará dispuesto a aceptar que los vascos «decidan su futuro». Estos mismos medios están convencidos de que Imaz ha intentado «segar la hierba bajo los pies» de Ibarretxe y ponerle, a medio plazo, entre la espada y la pared: en la difícil tesitura de aceptar una política de alianzas con los socialistas vascos en lugar de la entente con EA y EB que defiende también para después de 2009 o, «por coherencia», marcharse a casa y renunciar a presentarse a la reelección dentro de dos años. Creen también que el famoso texto puede volverse contra Imaz, porque Ibarretxe «es la figura que más unanimidad concita en el PNV» y cualquier gesto que se interprete como una maniobra en su contra genera «mar de fondo en los batzokis». Lo mismo opina Xabier Arzalluz, que el viernes apuntó que la polémica «ha favorecido» al jefe del Ejecutivo de Vitoria, porque «ha agitado el mundo nacionalista, muy a su favor».
«Asamblea ganada»
Para el entorno de Imaz, ésa es la demostración palmaria de que el movimiento no se ha hecho en clave interna, ya que lo aconsejable para un candidato que aspira a la reelección sería precisamente no meterse en camisas de once varas. Esta constatación ha hecho pensar a algunos que el presidente del PNV podría haber tirado la toalla en favor de un aspirante de consenso y ha querido que «su legado» perdure por escrito y a otros que «tiene la asamblea ganada» y ha querido acotar el terreno a sus rivales desde una posición de fortaleza.
Sea como sea, el líder del EBB está convencido de la validez y viabilidad de su apuesta frente a la estrategia de acumulación de fuerzas nacionalistas. De hecho, el pasado martes desveló que el PNV había logrado llegar a un preacuerdo con el PSE y Batasuna para la normalización política durante el fallido proceso de conversaciones previas a la ruptura de la tregua. Ese preacuerdo iba a ratificarse el 25 de octubre del año pasado, una fecha en absoluto baladí -coincide con la abolición foral de 1839 y con la aprobación del Estatuto de Gernika en 1979-, pero ETA lo frustró después al regresar a planteamientos maximalistas. No lo hizo Imaz a humo de pajas: la existencia de ese documento de consenso demostraría que, en el escenario adecuado, los socialistas en absoluto están cerrados en banda a entrar en un acuerdo sobre un nuevo marco jurídico-político para Euskadi, como sostienen sus rivales. La apuesta por la transversalidad no sería, en esa lógica, sino un ejercicio de pragmatismo: la anuencia del partido que gobierne en Madrid es irrenunciable para no estrellarse contra un muro como con el plan Ibarretxe.






