
Rápidamente, la agencia creada con afanes de centralizar y coordinar todas las actividades de espionaje repartidas entre varios cotos de la burocracia de Washington asumió un papel estratégico en la consolidación de Estados Unidos como superpotencia enfrentada a la Unión Soviética. Sus primeras grandes operaciones clandestinas en el exterior se concentraron en forzar cambios de régimen en Irán, Guatemala y países en primera línea del pulso contra el comunismo.
Este efectivo historial se truncó visiblemente en 1961 con uno de sus mayores fracasos: la invasión de Bahía Cochinos para derrocar al régimen castrista. Aunque supuestamente la primera reacción visceral de John Kennedy fue destruir la CIA en mil pedazos, el presidente se contentó con un cambio de dirección. Un año después, aviones espía U-2 de la CIA destaparían el proyecto de la URSS para instalar misiles balísticos en territorio cubano. Uno de los momentos más calientes de la guerra fría.
Tras una extensa implicación en la guerra de Vietnam, la saga de Watergate terminó por provocar un incómodo y profundo examen sobre las actividades de la CIA, con una serie de investigaciones parlamentarias a mediados de los años setenta que sacaron a la luz tácticas muy poco decorosas. Como resultado, se formalizaron toda una serie de limitaciones y mecanismos de supervisión. Tendencia controladora relajada bajo la presidencia de Ronald Reagan.
Un antes y un después
Los noventa volvieron a estar cuajados de situaciones embarazosas. Desde el caso de Aldrich Ames, el 'topo' soviético en el corazón de la Agencia Central de Inteligencia, hasta el fracaso a la hora de detectar el foco de proliferación nuclear protagonizado por India y Pakistán, pasando por el error cartográfico que supuso el bombardeo de la Embajada de China en Belgrado. Pero con diferencia, los mayores problemas de la CIA se han presentado durante el siglo XXI.
El 11-S y la atribución de armas de destrucción masiva al régimen de Sadam Hussein han terminado por marcar un antes y un después. Tras medio siglo en el que el director ha sido la máxima autoridad en los servicios de espionaje norteamericanos, este puesto ha quedado relegado a un segundo plano con la forzada creación en 2004 de una nueva instancia unificadora al margen de la agencia: la dirección de inteligencia nacional. Un puesto con rango ministerial, línea directa con la Casa Blanca y poderes sobre la docena y media de instituciones de espionaje al servicio del Gobierno federal con un coste estimado anual de 29.000 millones de euros.
En mitad de lo que se considera como el período más complicado en los anales de la CIA, la agencia se ha contagiado de graves problemas de personal, baja moral entre sus filas, multiplicación de contratistas, agentes con ganas de escribir libros y roces politizados con la Casa Blanca. Aunque también se supone que la Administración Bush ha realizado un significativo esfuerzo presupuestario con un énfasis sobre todo en el despliegue de agentes secretos. En la actualidad, se estima que casi la mitad de los empleados de la agencia tienen una experiencia de entre tres a cinco años, o incluso menos.






