
Según las encuestas más fiables, todo lo fiables que pueden ser en un país tan complejo como éste, con más de cuarenta millones de electores y un mosaico de desigualdades geográficas y religiosas, el AKP del primer ministro, Tayip Erdogan, ganará las elecciones con un porcentaje que oscilará entre el 43 y el 49%. Con este resultado es casi seguro que obtendrá los 276 diputados que se necesitan para gobernar en solitario, dependiendo de cuantos partidos más consigan rebasar la fatídica marca del diez por ciento.
El aparato del partido
El Partido Popular Republicano (CHP), el viejo aparato fundado por Ataturk y durante décadas partido único, heredero del kemalismo más rancio, sigue a duras penas en segundo lugar, pero, en el mejor de los casos, no pasará del 25%. Y en esta ocasión se da por seguro que también entrará en el reparto de escaños el Movimiento Nacionalista (MHP), también en la órbita de los partidos laicos. El Partido Democrático, que ha sido refundado recientemente para agrupar a otras dos formaciones que en 2002 se quedaron fuera porque no llegaron ninguna de las dos al 10%, no tiene posibilidades de hacerlo tampoco hoy, según las encuestas.
La cuestión no es, por tanto, quién va a formar Gobierno. Erdogan está tan seguro de ello que ha dicho que se retirará a su casa para siempre si no logra mayoría suficiente para gobernar en solitario. En el peor de los casos, probablemente podría pactar con alguno de los 30 o 40 diputados independientes que los nacionalistas kurdos del Partido de la Sociedad Democrática (DTP) lograrán colar aprovechando un resquicio legal. Al fin y al cabo, ambos tienen en común su profunda aversión al kemalismo, que ha sido la médula de la República turca en los últimos ochenta años. Pero para evitar que le perjudique demasiado, Erdogan ya ha excluido por ahora considerarlo: «Los del DTP me han pedido muchas veces reunirme con ellos, pero no es posible hablar con ellos si continúan vinculados al terrorismo» dijo el viernes por la noche en una entrevista televisada.
El objetivo real de Erdogan es pasar de los 356 diputados que tenía en la última legislatura para llegar a los dos tercios, es decir 367. Con esta mayoría aplastante podría hacer lo que se ha convertido en la culminación de sus planes políticos y que fue la causa por la que se convocaron las elecciones anticipadas: elegir al nuevo presidente de la República para sustituir al actual, Necdet Sezer, con el que las relaciones no pueden ser peores -en el último mes ha vetado a todos los candidatos que le ha propuesto Erdogan para ocupar el cargo de secretario del estratégico Consejo de Seguridad-.
Tal como dejó las cosas la batalla política, se ha establecido que para elegir al presidente de la República no sólo deben votarle los dos tercios de los diputados, sino que han de estar presentes al menos esa proporción, lo que hace muy fácil a la oposición obstruir el proceso.
Erdogan ha reiterado en las últimas horas que su candidato sigue siendo el ministro de Exteriores Abdulá Gul, al que rechazó el Ejército y el aparato laico del kemalismo, y que su principal objetivo es lograr una mayoría para aprobarlo en el Parlamento. Lo que nadie sabe es qué pasará si no lo consigue, porque si en noventa días sigue el bloqueo, la Constitución obliga a convocar nuevas elecciones, con lo que no daría tiempo para que se celebre el referéndum que consolidará la reforma constitucional para elegir al presidente por votación directa, puesto que la ley dice que tiene que la consulta solo puede convocarse 120 días después de unas elecciones. Erdogan quería dejar este período en 45 días, para que no hubiera dudas, pero Sezer le ha vetado la ley, con los mismos argumentos que todo lo demás, es decir, para fastidiar.






