El París de Kaurismaki, filmado en blanco y negro por su operador habitual, Timo Salminen, no es de tarjeta postal. Las desdichas de sus protagonistas, encarnados por la habitual 'troupe' triste y hierática del autor de 'Juha', se suceden con una planificación seca, estricta. Rechazo a toda clase de sentimentalismo, diálogos esenciales y humor ácido y pudoroso.
Marcel, escritor, se dedica a recoger botellas vacías. Le acompañan Rodolfo, pintor albanés sin papeles, y Schaunard, un compositor irlandés. Conforman una cuadrilla de parias errabundos, indefensos y caraduras, altivos y vulnerables, pícaros y dandys. El despojamiento de Kaurismaki llega hasta el cine mudo y se balancea en la cuerda de lo ridículo y lo sublime.






