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ANÁLISIS
El destino
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Vi a una mujer joven vestida de negro, arrebujada en un rincón. Es lo que vi. Le acababan de dar la noticia de la muerte de sus dos hijos, de 12 y 16 años. La adolescente tendría la edad de mi hija insoportable y adorada. Sus cuerpos deben estar fundidos con los de un factor ferroviario, un ejecutivo agresivo y un cobrador de autobús. La tragedia es así de solidaria y unificadora, y siempre va unida al destino implacable. El resto eran personas con cara desencajada y brazos de molino de viento que, taciturnos o exaltados, exigían responsabilidades al destino.

Eso es lo que me aterra de los accidentes aéreos, que uno topa con explicaciones oscuras que requieren el tiempo de una caja negra como mi suerte y que guarda la razón por la que el destino sopló esta vez de costado y no de frente. Mientras nos hacemos la misma pregunta: por qué tuvieron que ser ellos y no otros. Absurdas interrogantes ante la inmensidad sin contorno de la hecatombe. Todavía no sé por qué la muerte en conjunto nos sobrecoge mucho más que por goteo. Supongo que, concentrada, añade el espectáculo mediático y la eventualidad de que nos haya podido sorprender a nosotros o a los nuestros.

Luego está, como decía, la explicación que, como en 'Bienvenido mister Marshal' se nos debe y se nos habrá de pagar. Aunque yo no sepa muy bien cómo la madre de esos niños va a consolarse de la pérdida inaudita de sus hijos. No, porque la compañía aseguradora le diga un día que fue un error humano, o que la culpa la tuvo la lluvia, o el silencio, que es como asentir que estaba Dios. Mi padre, un ferviente providencialista, me enseñó que el día y la hora están escritos en alguna parte. Para no contrariar su destino se pasó la vida cuidándose el estómago para morir de una dolencia de hígado. Ya sugería Fitz: «El ágil dedo escribe; después de haber escrito sigue su movimiento; ni toda vuestra piedad ni todo vuestro ingenio podrían hacer que volviera para borrar media línea, ni todas vuestras lágrimas alcanzarían a borrar una palabra. Por eso miré con escepticismo a Lula cuando dijo que se abrirá una investigación. Faltaría más, sentencié para mí, desolado: tendría que ver que ni siquiera esa explicación nos fuese dada y los nuestros fuesen muertos como los de la guerra, donde los bombardeos matan a innominados, gentes que tenían la culpa de estar donde cayó la metralla. También ahí el culpable es el destino. Salvo que adopta el gesto de circunstancias que conviene; en su caso, el de un general, un político, o un soldado que ha perdido la cabeza. Tampoco hay voluntad de matar y todo el mundo está libre de responsabilidad y fuera de sospecha.

Es el destino, que en las guerras tiene cara de daño colateral y también, como en los accidentes de avión, puede fundir a un niño con un terrorista.
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