
Alemania no lo soporta. Había vuelto a confiar en Gerdemann, en el joven líder del T Mobile, en la campaña a favor del ciclismo limpio de su equipo insignia. La implicación de Ullrich en la trama de dopaje de Eufemiano Fuentes y las confesiones de Zabel, Riis y Aldag habían sepultado la credibilidad del pelotón germano. Alemania, un país entusiasta de este deporte -el cicloturismo allí es una máquina de hacer dinero- se apartó de la versión profesional. Gerdemann y el nuevo T Mobile cambiaron las cosas la pasada semana. La audiencia creció, del 8 al 21%. Apenas un paréntesis. Ayer, la ZDF-ARD cortó el cable.
El T Mobile parece un equipo maldito. En 2006 perdió por la 'Operación Puerto' a Ullrich y Sevilla. Se reconvirtió. Puso su proyecto en manos de médicos de la Universidad de Friburgo, luego afectados por prácticas dopantes. Con su presupuesto millonario trató de fichar, sin éxito, a Valverde. No lo ató. Y se presentó en este Tour con una plantilla nueva. Limpia. De futuro. Con la prohibición de trabajar con los gurús de la medicina: con Ferrari (Sinkewitz) o Cecchini (Gerdemann). Mezcló la alegría del liderato de Gerdemann con una cadena de desgracias: Rogers se partió por caída; Sinkewitz y un espectador, que sigue grave, acabaron en el hospital tras un brutal choque; Burghardt arrolló a un perro. Pese a todo, Alemania les seguía, les coreaba. Otra vez. Pero no hay nada que hacer. El positivo, aún por confirmar, de Sinkewitz ha borrado a Alemania del mapa ciclista. El T Mobile es un equipo invisible en su país -el Tour sólo llega por Eurosport-. ¿Cuanto aguantará el patrocinador?
La testosterona le ha puesto fecha de caducidad. Como al Phonak de Landis. Es una hormona poderosa. Fuerte. La esencia primitiva, la agresividad. El latido masculino. Zumo testicular. La diva del dopaje. Durante siglos la buscaron: el mito de la eterna juventud. Curanderos y hechiceros hacían estractos con los testículos de monos o de toros para reactivar cuerpos enfermos. En 1922, en la cárcel californiana de San Quintín, experimentaron con los presos. Mejoraban. Y a los dos científicos que consiguieron sintetizarla, Leopold Ruzicka y Adolf Butenandt, les concedieron el premio Nobel de Química en 1939.
El deporte la descubrió pronto. El primer usuario atrapado fue 'Holloway', un caballo trotón. De carreras. El elixir se extendió por las playas californianas de los años cuarenta. Cuerpos al sol. El Comité Olímpico Internacional incluyó a la testosterona en la lista de dopantes en 1982. Freno teórico. En la práctica, siguió en activo. Los últimos positivos de Floyd Landis y el atleta Justin Gatlin desvelaron un cambio. Los usuarios de esta hormona ya no utilizan la testosterona inyectada, fácilmente detectable por los nuevos sistemas antidopaje. Deja rastro. Han optado por los geles, los esprays sobre el abdomen, las pastillas. Dosis mínimas. Rápida absorción. No disparan las alarmas. Los controladores no detectan cambios en la relación testosterona-epitestoterona (si la primera es muy elevada y la segunda, baja, indica la ingesta de hormona sintética).
La trampa de Landis
Con Landis quedó en evidencia la trampa. Sólo en el último control del Tour su orina despertó sospechas. La tasa era anormal. Le aplicaron el nuevo sistema. La lupa del IRMS, método de espectrometría de masas. A este test le da igual la cantidad. Distingue entre testosterona natural, endógena, y la otra, la exógena, la artificial. Landis tenía restos de trampa. Entre algunos deportistas se había extendido el uso de sprays, geles y parches diseñados por laboratorios -el australiano Acrux Limited- para incentivar la libido de las mujeres o para mitigar los efectos de la menopausia. Hormona sexual. A Landis le cataron luego las otras muestras. En ninguna había dado positivo. La tasa de testosterona era normal. Pero el IRMS descubrió que en todas había truco: poco pero sintético. Falsa.
Desde entonces, la UCI ha incrementado el número de analíticas con IRMS. Es un test caro. Mucho. Por eso, lo aplica sólo sobre los sospechosos. Dos alemanes, Kessler y Sinkewitz, son sus últimas piezas cobradas. Los testigos de que la testosterona sigue viva. Pese al escándalo de Landis. Pese a su efectos secundarios: cáncer de próstata, atrofia testicular, impotencia, accidentes cardiovasculares... Todo por el éxito, por la fuerza, por la eterna juventud. Pero de esa historia, la ZDF-ARD no quiere saber nada. Un aviso. Un precedente.







