Una mujer cuarentona va a una residencia de ancianos a visitar a su madre, que padece Alzheimer. La mujer mima a su madre, la peina y le pregunta qué ha hecho durante el día. La madre desvaría un poco, se le olvida que la mujer es su hija y es incapaz de recordar lo que ha comido. Pero le dice que sí se acuerda muy bien de que durante la siesta ha entrado un hombre a su habitación, se le ha metido en la cama y le ha hecho cosas malas. Una voz en 'off' informa entonces de que las agresiones sexuales durante la infancia no se olvidan nunca y da los datos de una asociación de afectados por la pedofilia.
De nuevo se ha desarticulado una red de pedófilos españoles que tenían, como siempre, su refugio y comunicación entre ellos a través de Internet -la gran biblioteca desordenada que alberga también el máximo horror- y una abrumadora cantidad de fotografías y vídeos de niños de distintas edades, incluidos bebés, sometidos a vejaciones sexuales y violaciones. Entre los detenidos hay de todo, desde un procurador al encargado de entrenar a un equipo deportivo infantil. Esta última ocupación es más acorde con un pedófilo; suelen encontrarse entre empleados de guardería o 'educadores'. Es lógico, procuran estar cerca de la materia prima necesaria para alimentar su aberrante apetito.
A mis 47 años tengo la cabeza y el estómago bastante preparados para soportar los rincones más oscuros del horror. Sobre lo que escribo en mi vertiente de novelista a veces me obliga a escudriñar en esas sentinas. Pero la pedofilia, quizá porque tengo una hija aún pequeña, supera mis límites de aguante. Tal vez un pedófilo merezca que se le compadezca por ser un enfermo mental, un enajenado, pero me cuesta mucho esta comprensión. Sí me resulta interesante -incluso asociar este adjetivo a pedófilo me repugna- en términos literarios la maldición del monstruo que no ha pedido serlo y al que su monstruosidad le supera y domina su voluntad y sus actos. Pero no puede haber remisión: caiga sobre ellos todo el peso de la ley o los cerrojos de un manicomio penitenciario si están locos.
En 'El sacerdote', dura película de Eloy de la Iglesia, el protagonista, Simón Andreu, que no puede refrenar su lujuria hacia los muchachitos y la culpabilidad lo martiriza, ya que no consigue vencer a su mente, extirpa el problema entre sus piernas con unas grandes tijeras de podar.







