Desde su punto de vista, lo demuestra, por un lado, el hecho de que la sustancia con la que fue envenenado «no se puede ni producir, ni transportar, ni utilizar sin la participación del Estado», y por otro, que éste y el propio Putin «encubran el asesinato» por no permitir «a Lugovoi -ex espía ruso convertido en empresario- entrevistarse libremente con los investigadores británicos».
A su juicio, ha quedado claro que este sospechoso es el autor, por haberse negado a viajar a Reino Unido para dar una explicación. Y eso que «yo estaba dispuesto a proporcionarle los mejores abogados», afirmó Berezovsky, que añadió que Lugovoi dejó restos de Polonio, no sólo en distintos lugares de Europa, sino también en el despacho de Berezovski, en Londres, la víspera del asesinato. «Se sentó en un sillón en el que han encontrado un índice de Polonio 800 veces mayor que en el que ocupó la víctima al día siguiente en la misma sala, después de haber sido envenenado».
Berezovsky, que creó su imperio durante la privatización de empresas públicas del país y apoyó en un principio al líder ruso, decidió refugiarse en Reino Unido, después de que la relación con Putin se deteriorase. Desde entonces, se convirtió en una de las voces más críticas de un régimen del que se benefició en su día.
Amenazas de revolución
Las autoridades rusas han reclamado en varias ocasiones a Reino Unido que retire a Berezovsky su estatus de asilado político, que recibió en 2003. Pero además, ha enviado varias peticiones a Londres para que extradite al oligarca ruso. La última fue en abril, cuando el Fiscal Jefe lo acusó de estar trabajando para derrocar al régimen de Moscú, después de unas controvertidas declaraciones al diario británico 'The Guardian' en las que Berezovsky dijo estar tramando «una revolución» para derrocar a Putin.
Aunque la relación entre Reino Unido y Rusia ha sufrido altibajos en los últimos años en el plano político, no parece que eso se haya reflejado en el económico, ya que el comercio entre ambos países está en estos momentos batiendo récords, según la prensa británica. Las compañías rusas confían en los mercados financieros de Londres y las británicas han invertido mucho en el sector petrolero ruso.






