Ibarretxe se ha movido siempre en la contradicción de afirmar que había que actuar como si ETA no existiera mientras planteaba fórmulas, como su Nuevo Estatuto Político -aprobado en el Parlamento vasco con la bendición parcial de Josu Ternera-, con las que dar satisfacción a las demandas de los terroristas.
Frente a ese enfoque, el presidente del PNV, Josu Jon Imaz, en el artículo publicado el domingo en este periódico, reconoce los efectos que el terrorismo etarra produce en la vida pública vasca, en la que es un factor de distorsión de la actividad política, de freno de las iniciativas empresariales o de envenenamiento de las relaciones sociales. Y establece como prioridad hacerle frente asumiendo para el nacionalismo democrático la aportación más importante que puede hacer contra ETA: la tarea de deslegitimar política y socialmente al terrorismo nacionalista, de la misma manera que en la Italia de los setenta fueron el PCI y los sindicatos quienes hicieron el trabajo duro de dejar sin razones a todos los grupos que practicaban el 'terrorismo rojo' en nombre de la izquierda.
Imaz ha apostado por la solución dialogada del problema etarra, pero ante el fracaso no se ha quedado en la ensoñación melancólica de considerar que hay que seguir intentándolo indefinidamente, sino que ha extraído lecciones prácticas de ese fracaso: si la persuasión no ha funcionado con los terroristas, hay que pasar a la disuasión hasta que ETA asuma que tiene que renunciar a la violencia.
El ejercicio de realismo que practica el presidente del PNV se refleja también en otra parte de su escrito cuando reflexiona sobre el partido que podría sacar ETA si se llevara a cabo la consulta popular en los términos planteados por Ibarretxe. Reflexionar sobre las consecuencias antes de poner en marcha determinadas operaciones políticas es algo que no abunda en los últimos años. Demasiados líderes se embarcan en operaciones inciertas invocando como único criterio la bondad de sus propósitos sin tener en cuenta los resultados conflictivos que acarrean. Ibarretxe es uno de esos líderes, pero no el único.
f.dominguez@diario-elcorreo.com







