Es cierto que la salud de los españoles ha mejorado sensiblemente en los últimos años, al generalizarse unas pautas de consumo y comportamiento más saludables y al mejorar los sistemas de control. Pero, lamentablemente, es seguro que la mejora no ha podido ser tan espectacular como para poder compensar el aumento del tamaño del colectivo protegido.
La prueba de que esto es así la obtenemos con los aumentos del gasto registrados en 2006, un 4,3%, y en 2003, un 14,5%. Como los cambios en la salud general no son nunca tan bruscos, la explicación hay que buscarla en las mejoras de la gestión. Los convenios suscritos con las Comunidades Autónomas para racionalizar el gasto y controlar mejor las bajas; y la intervención de los facultativos del Instituto Nacional de la Seguridad Social a partir del duodécimo mes, han conseguido el milagro.
En este país somos muy celosos de lo nuestro, pero respetamos poco a lo público. Trampear con el IVA, jugar con el paro, manchar las calles con papeles y pipas o pedir la baja por enfermedad para acudir a la boda de un amigo son costumbres anómalas de las que nadie se avergüenza. Si la amenaza de la pérdida de los puntos en el carnet de conducir ha logrado disminuir los accidentes, el mayor control del enfermo ha conseguido reducir el gasto de las bajas. Es decir, aquí solo aprendemos a palos.






