
El primero en salir al escenario fue el inmenso trompetista y cantante Wendell Brunious. Estuvo acompañado de algunos de los componentes de la conocida banda catalana The New Orleans Blue Stompers: Oriol Romaní, clarinete, Óscar Font, trombón, Félix de Blas, tuba, y Erwin Seeruton al banjo. El grupo de músicos transmitía la impresión de que, durante toda su vida, había tocado juntos. Hacían música empastados y siguiendo las normas, claro, pero con notable frescura y naturalidad. Por supuesto, el líder indiscutible era el trompetista, pero ofreció las correspondientes oportunidades para que los demás se lucieran en sus solos.
La sesión transcurrió por caminos más bien trillados -tampoco se pide a los artistas de este estilo que sean los más innovadores del jazz-, pero la gente se divirtió con fruición. Cuando los músicos bajaron del escenario en su último tema, ese inevitable que recuerda a los santos que caminan, el público se desató.
Clarinetista excepcional
La segunda parte de la cita campestre estuvo protagonizada por el clarinete de Evan Christopher, acompañado por la guitarra de David Blenkhorn, el contrabajo de Gilles Chevaucherie y la batería de Stephane Roger. Alguna vez, Christopher también se acercó al micrófono para cantar, pero con la voz de su instrumento era más que suficiente para dejar sin palabras de alabanza a cualquier aficionado.
Christopher posee un sonido bellísimo, prodigioso, y se debe tener en cuenta que el clarinete no sólo es un instrumento muy traidor que subraya cualquier fallo sino que sólo suena bien en manos de los auténticos maestros. Además, el músico tiene un caudal de ideas en adornos e improvisaciones. Así hizo, por ejemplo, escalas vertiginosas que retaban y vencían a los límites de su clarinete. Por si fuera poco, en la parte final de su recital subió a acompañarle el trompetista Wendell Brunious, con lo que el juego musical se amplió considerablemente. De propina, entre los dos, un 'Basin Street Blues' que puso a la gente la carne de gallina.
Como final, la prestigiosísima banda argentina de jazz tradicional La Porteña. Diez músicos poseedores de una doble tradición: la de la música y la de la propia banda. Sonaban, de verdad, como una big band, recordando mucho a Duke Ellington. Pero tienen un estilo propio y de gran poder de comunicación: a pesar de que incluso hubo quien se quejó de frío, una mayoría aguantó hasta última hora.






