Este increíble pantalón pertenecía a un juez de Washington llamado Roy L. Pearson, el cual llevó a limpiar su valiosísima prenda a una tintorería regentada por una pareja de surcoreanos. En el establecimiento, extraviaron el valioso pantalón, y el señor Pearson, lógicamente, exigió una indemnización económica. Y aquí viene ahora lo despiporrante. ¿Saben ustedes en qué cantidad valoró el señor juez su pantalón y cual fue en consecuencia la compensación económica exigida por el demandante? Pues agárrense. Nada menos que 54 millones de dólares.
¿Qué hizo el juez a quien tocó dictar un veredicto en la demanda de su colega? Pues lo que hubiera hecho cualquier persona en su lugar y en su sano juicio. Desechó la demanda. O dicho en frase coloquial, envío al demandante a freír espárragos. O en frase aún más coloquial, le mandó a hacer puñetas, que según el diccionario equivale a «desechar algo, o despedir a alguien, despectivamente o sin miramientos».
Me imagino que el juez de este caso no citaría estas frases coloquiales en su veredicto porque la literatura legal no permite tales licencias, pero estoy seguro que fue lo primero que se le ocurrió al ver que un colega suyo era capaz de valorar su pantalón en 54 millones de dólares.
A mí este tipo de demandas no me extrañan demasiado, teniendo en cuenta el país donde se produjo, porque no es la primera noticia de pleitos que a nosotros se nos antojan absurdos y que en esas latitudes parece que resultan lógicos y hasta respetables, como lo prueba el hecho de que tuviese que intervenir la justicia para convencer al demandante de que no estaba excesivamente cuerdo. Lo cual es una forma discreta y elegante de decirle que está como una chota.








