
Después de las críticas por la falta de información, el Ministerio del Interior accedió ayer a organizar una visita guiada para la prensa al lugar de la batalla. Un puesto de control. Dos puestos de control y al tercero, a menos de quinientos metros de distancia de la carpa destinada a la prensa, aparece la fachada acribillada de la Jamia Hafsa. Una estampa más propia de la Bosnia de la posguerra que del sofisticado, lujoso y pijo barrio donde se encuentra el complejo religioso, a menos de un kilómetro del área destinada a las embajadas.
La madrasa todavía humea y de vez en cuando suenan explosiones en su interior causando el pánico entre los visitantes. La estructura no es fiable, así que se pide rapidez. Aquí se desarrollaron los combates más duros y las fuerzas especiales tuvieron que tomar las 75 habitaciones del complejo una a una. Es imposible mirar a una pared, a la barandilla de una escalera o a una pizarra sin que a uno le parezca seguir escuchando el silbido de las balas que han dejado sus huellas en todas partes.
Los dormitorios donde dormían las mujeres y los niños, que eran quienes vivían aquí, presentan grandes agujeros. «La mayoría los hicieron los propios terroristas para poder disparar sus lanzacohetes», advierte el general Waheed, encargado de acompañar a los medios en esta visita macabra.
Descendiendo a la planta baja del edificio, una especie de búnker, uno se imagina cómo debieron ser las últimas horas del clérigo radical Abdul Rashid Ghazi. En la habitación donde encon traron su cuerpo no hay ventanas y apenas se distinguen unos libros de oración tirados por el suelo. Aquí alcanzó el martirio, aquí entregó su vida por Alá. En este sótano huele a muerte, pero no hay rastro alguno de sangre ni en paredes ni suelo. Se nota que el Ejército ha trabajado duramente toda la noche para sacar los cuerpos y retirar unas pruebas que todos buscamos.
Minaretes dañados
La escuela coránica y la mezquita están separadas por pocos metros y se levantan justo frente a un bloque de oficinas del Ministerio del Interior, que también han sido dañadas por los combates. Al salir de las instalaciones de la madrasa se puede volver a respirar, pero el aire de la zona está viciado por la pólvora. El camino hasta la mezquita discurre entre alambres de espino. Hay que ir de uno en uno, sin salirse del recorrido, «porque aún podría haber minas en la zona», advierte el general Waheed. Los minaretes blancos y destrozados aparecen tímidos entre los árboles. Son el adelanto del estado en el que ha quedado el templo.
El Ejército impide el acceso al interior. Uno se planta en la entrada y, de espaldas a la puerta principal, sólo ve vehículos chamuscados, edificios agujereados y militares por todas las esquinas. Al girarse, se advierten los graves daños causados en el interior de la mezquita en la que hace apenas diez días impartían sus lecciones los hermanos Ghazi.
Armas incautadas
Cuando parece que la visita ha terminado, el general se dirige de nuevo a la madrasa y muestra a la prensa las armas que supuestamente pertenecían a los estudiantes. Decenas de viejos AK47, lanzacohetes, minas antitanque, montañas de munición, cócteles molotov Todo está perfectamente ordenado y limpio, demasiado como para ser el arsenal de unos hombres que han resistido nueve días a todo un Ejército.
La visita concluye y hay que volver por el mismo camino. Echo la vista atrás y el humo no ha cesado. Pronto se iniciarán las labores de derribo de la madrasa y, mucho me temo, la Mezquita Roja también va a necesitar una buena reforma, casi tan grande como el cambio de actitud y de visión del islam que deberán traer sus nuevos responsables.
Uno, dos y tres puestos de seguridad. En este último, un joven soldado me da el alto. Se acerca y, en voz baja, me hace una pregunta que muestra la confianza de los propios militares en los datos que dan sus superiores: «¿cuántos muertos has visto?».






