El caso es que lo que tenemos hoy en las ciudades es un buen número de personas mayores a las que no podemos exigir que se transformen en águilas cuando cruzan una carretera o suben a un autobús urbano. Merecen toda nuestra empatía; pensemos que quizá, sólo quizá, mañana seamos como ellos. Paremos cuando los veamos, pongamos más atención que ellos, tengamos paciencia cuando cruzan una carretera y no los esquivemos como si fueran una raya blanca más en el paso de cebra, necesitan más tiempo que los jóvenes. Fijémonos y tengamos en cuenta su fragilidad cuando suben a un autobús urbano, permitamos que se aseguren antes de arrancar. Respetemos nuestro pasado. Pongámonos en su lugar hoy, por si nos toca mañana.







