Tour traducido al inglés

Del fallecimiento de Simpson a la historia de Robert Millar, antiguo rey de la montaña en la ronda gala y hoy convertido en mujer

J. GÓMEZ PEÑA
EX CICLISTA. Robert Millar, ahora Philippa York, en su época en el Panasonic. / EL CORREO/
EX CICLISTA. Robert Millar, ahora Philippa York, en su época en el Panasonic. / EL CORREO

No son frecuentes los ciclistas británicos en el Tour. Casos excepcionales. Especiales. Como Tom Simpson, el mejor de todos ellos, el más célebre, el campeón del mundo que falleció en 1967 -el viernes se cumplirán 40 años- con la cima del Mont Ventoux a la vista y una carga de anfetaminas oculta bajo su piel. O como una vecina de Dorset, al sur de Inglaterra, llamada Philippa York. Una señora de 48 años, de larga melena castaña y pecho rotundo, que en 1986 casi le gana la Vuelta a España a Álvaro Pino. Entonces aún podía domar a su cuerpo. Luego se liberó y dejó de llamarse Robert Millar. Se separó de su esposa francesa y de su hijo, y llenó de vestidos y sujetadores el hueco que ocupaban los maillots. Ahora, Philippa vive con su nueva mujer, Linda Purr.

Hace tiempo que la voz confidencial del pelotón hablaba de la metamorfosis de Millar, el rival vegetariano de Delgado y Pino en la Vuelta, segundo en el Giro y corredor de once ediciones del Tour: fue cuarto en 1984, ganó tres etapas, en Luchon, Guzet-Neige y Superbagneres, y se vistió de rey de la montaña. Reina. Cuerpo de escalador. Cuerpo confundido. A Pino, en broma, le suelen recordar que casi le vence una mujer. Otros, más ácidos, sonríen con malicia: «Ese se ha pasado con la medicación». Incluso se ha escrito un libro sobre el antiguo ciclista escocés: 'En busca de Robert Millar'. Su secreto acabó cuando el sábado le cazó con una cámara fotográfica el diario 'Daily Mail'. Robert es hoy Philippa. «No he desaparecido. Sólo me he apartado, tranquilamente, y he hecho las cosas que me apetecía hacer». Su doble vida: ciclista y vecina de Dorset.

A otro británico, Greme Obree, llegó un día en el que no le gustó ninguna de sus vidas. En las Navidades de 2001 se olvidó de su récord de la hora, de sus títulos en el velódromo, y se colgó de una viga de su establo. Una de sus hijas le rescató justo antes del final. Otra biografía especial. Gran Bretaña las colecciona a puñados.

La historia de Obree

Obree desempolvó en 1993 la vieja plusmarca de la hora fijada por Moser en 1984. A su manera: con una bicicleta hecho a mano con piezas de lavadora, con un postura que emulaba el perfil de un huevo. Nadie le creyó. Un loco. Pero pidió permiso a la Unión Ciclista Internacional y rompió el registro de Moser: de 51,151 a 51,596 kilómetros en 60 minutos. En la pista sólo había doce espectadores, incluidos los jueces, un periodista y un fotógrafo. Suficientes para ser testigos de la gesta. Hay más: El día anterior lo había intentado sin éxito. Rogó una nueva oportunidad y sólo le concedieron la mañana siguiente. Pasó la noche en vela a base de bocadillos de mermelada. Con ese combustible llegó a sus 51,596 sobre las piezas de centrifugado de su lavadora.

Pero ya entonces andaba con depresiones. Carácter volcánico. Sufría un desorden bipolar -maniaco depresivo-. Cuenta su psiquiatra que la bicicleta fue su mejor terapia: «Sólo con las endorfinas que segregaba durante el esfuerzo físico mantenía a raya la enfermedad». En las Navidades de 2001, con su hermano recién fallecido en un accidente, y sin poder desahogarse con los pedales porque una caída le había partido varios huesos, Obree usó las manos con las que había construido su bicicleta milagrosa para anudar la soga. Falló por poco.

Chicos de contrarreloj

Gran Bretaña es un país de bicicletas, pero no de ciclistas. En 1959, ya se construían allí cerca de tres millones de bicis. Pero a los británicos no les gustaba la competición en grupo. Falseaba el resultado. Preferían los duelos. Cara a cara. En contrarreloj o en pista. Sin ayudas. De ahí su tradición de especialistas en la lucha contrarreloj. Al Tour no llegaron hasta 1937. Fueron dos: Bill Burl y Charles Holland. Anónimos. Y pasaron veinte años hasta que Brian Robinson se llevó a las islas la primera victoria de etapa. Una década después murió Simpson en el Ventoux. Él sí fue la primera estrella. Hijo de minero y aún un mito aquí. «Vuelve a subirme en la bici», se titula la última de sus muchas biografías. Es la frase que dijo antes de morir. Simpson iba a las carreras como a la mina: antes de ese Tour había apalabrado un 'Mercedes' que sólo podría pagar si ganaba el Tour. Las deudas. Trató de saldarlas con anfetaminas. Rompiendo sus límites. Se derrumbó por dentro. Como una galería minera de los Midlands, de su paisaje juvenil. Gran Bretaña todavía le llora.

Simpson permanece. Al día siguiente de su muerte, un compañero de equipo, Hoban, le dedicó el triunfo en la meta de Sete. Hoban, también de genética minera, ganó siete etapas más. Pero de eso nadie se acuerda. Sí, en cambio, de que se casó con la viuda de Simpson. «Desde hace cuarenta años vivimos los tres, como si Tom estuviera aquí todavía», repite Hoban. Eso es ser un mito.

Tras ellos vino la generación de Robert Millar, de Stephen Roche, de Sean Yates, de Sean Kelly... Y del otro Millar. No de Philippa, sino de David, el ahora corredor del Saunier Duval, el chico alto, guapo, triunfador, que se perdió en la cara narcótica del dopaje y en la alegre noche alcohólica de Londres. Ahora, reinsertado, comienza sus declaraciones como un ex drogadicto: «Hola, soy David Millar y me he dopado». Se siente un apóstol del ciclismo limpio y lanza su mensaje optimista: «Se puede correr sin dopaje». El último brote del especial árbol genealógico del ciclismo británico.

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