
En sus declaraciones posteriores a la calificación, el ovetense calcó lo que iba a suceder. Nada reseñable en la salida más allá de un mandoblazo de Raikkonen con el que más que atacar a Hamilton quiso dejarle claro a Alonso que no tendría el paso libre. Bueno, destacó el golpe de efecto de ver a Felipe Massa, brazos en alto, anunciando que su Ferrari no iba. Tuvo que tomar la salida desde el 'pit-lane' y acabó siendo el que más se divirtió sobre el asfalto, donde remontó diecisiete plazas. Otro ejemplo del galope que alcanzan los 'cavallinos'.
Consumada la premisa, un clásico en el trazado británico, con los puestos intactos tras la arrancada, se vio de inmediato que no iba a ser el día de Hamilton. Saltó la alarma por su escasa eficacia, ninguna, para abrir hueco. En las quince vueltas de su serie con las gomas y combustible iniciales no llegó a superar el 1'1 segundos sobre Raikkonen y 2'8 respecto a Alonso. Estaba muerto para la carrera. Se comprobó además que su 'pole' de la víspera sólo había sido un 'sketch', una farsa de cara a una galería con venda en los ojos.
Paró dos vueltas antes que Raikkonen y cuatro que Alonso. La clasificación dio un doble mortal con tirabuzón. Estaba cantado. El asturiano salía reforzado de la estrategia con un liderato que sólo pudo aprovechar para descolgar definitivamente a Hamilton. El margen con el finés de Ferrari de retorno a la pista era mínimo (2'4 segundos). Comenzó entonces la carrera de verdad. Un mano a mano entre los números uno de McLaren y Ferrari, los que siguen estando llamados a jugarse el título. A fin de cuentas, con lógica infantil, el bicampeón plasmó una gran realidad en sus comentarios: «al final ganan los coches más rápidos y los lentos pierden». Amén.
La sentencia
También es lo que sucedió ayer en Silverstone. En la segunda parada en 'boxes' se dictó sentencia. Alonso sólo pudo acumular 5'5 segundos de margen cuando desde su equipo le habían apuntado la necesidad de llegar a los diez. Punto final. El cálculo, niquelado. Raikkonen le recortó esa renta y otros tres segundos de propina en los cinco giros que se tomó como la crono de su vida. Afín a su táctica del raíl, inquebrantable en la trazada y en los tiempos por vuelta casi clónicos, El nórdico voló hacia su segunda victoria consecutiva y tercera de la temporada. Premio gordo para Ferrari y ego consolado para Alonso, además de dos puntitos recuperados. Lo que no es mucho. O sí. Eso se verá cuando acabe el curso.
Hamilton, sin sonrisa
En lontananza apareció, a más de medio minuto, Hamilton, príncipe, que no rey. Entró con cien decibelios menos de los que provocó cualquiera de sus gestos y actuaciones durante el fin de semana. En el primer repostaje se dejó las llaves del castillo -hizo un amago de arranque prematuro fruto de la presión a la que estaba sometido al saber que su táctica no era, ni de lejos, la propicia para aspirar a nada- y el resto fue una de tiovivo, vueltas y más vueltas. Pero que le quiten lo bailado. Cruzado el ecuador del Mundial, no han conseguido bajarle del podio, aunque el tercer puesto de ayer le costara la sonrisa 'profidén', sin destellos en esta ocasión. Y la de su padre. Y la de la mujer de Ron Dennis. El 'tsumani' perdió fuerza. Y, menos los de casa, todos tan contentos.







