
EL GANADOR
Antes de la caída, hay una décima para imaginar lo que duele el golpe. Eusebio Unzúe, director del Caisse d'Epargne, lo vio venir desde el espejo retrovisor. La desgracia es una cascada: delante, pincha un ciclista de La Française des Jeux. Se detiene un coche con una tirita para su bici. Frena el de detrás. Dominó. El eco alcanza a Unzúe, que pisa. Pegamento. Sólo le queda mirar por el espejo. Por allí entra Gonzalo, que se había retrasado un momento para cargar agua y viene a rebufo del coche. Explota la luneta trasera. Entra por la trastienda. Cristales rotos. Rojos. Precario deporte. Y escalofriante. Durante más de un minuto, el joven ciclista del Agritubel, está clavado. Con la espina en el cuello. En el pecho aplastado. No respira. Conmocionado. Él y todos. Aire. Aire. Le sacuden. Vuelve al fin. Y se va: al hospital, a casa luego. Triste. Sin apenas acariciar el Tour. «Hasta los Alpes lo importante es sobrevivir», resume Unzúe. Ya fuera de la carrera, Gonzalo asiente: «He estado dos minutos sin respirar». Eso le han contado. Le queda el susto. «No lo he podido evitar, iba a más de 50 por hora». Luego, ya con soplido, trató de subirse a la bicicleta. No pudo. Tuvo que irse cuando iba hacia la gran catedral.
Canterbury es un lugar de peregrinaje. Desde hace casi un milenio. Llegar hasta aquí era una prueba de fe para los creyentes: había que sortear maleantes, mendigos y ladrones de cuchillo en boca. La meta era visitar la tumba del arzobispo Tomas Beckett, la catedral de Canterbury. El que llegaba se aseguraba una cuota del cielo. Ese viaje inspiró los 'Cuentos de Canterbury', la primera gran novela británica. Ayer se reescribieron.
El cuento de Gonzalo fue el primero. De miedo. De alivio, al final. Suspiro cuando comenzó a inspirar. Luego se añadió el cuento de otro peregrino, Iker Camaño. También se cayó. A 23 kilómetros de la catedral. Tan cerca ya. Venía de un atasco anterior, el que había dejado atrás al luego vencedor, a McEwen. La carretera era un túnel verde. Los árboles juntaban sus ramas sobre el asfalto. Techo verde. Las cunetas eran un seto, la valla del jardín. Sin margen. Una trampa decorada con isletas de flores. Cuchillas sobre el camino. Y en cualquier momento surge una chispa. Un destello de pez. Otro frenazo. Camaño se sube en la chepa del dorsal que le precede. Otro peregrino que se cae. Entre los dos cruzan un par de codazos. La adrenalina. Y siguen. Con ellos va ya McEwen, el que remonta. A saltos. Canguro.
Más sangre
En ese tramo las desgracias de los peregrinos se reproducen por esporas: caen Zandio, Azanza, Portal, Chente, Moreni, Lancaster y el esprinter local, Cavendish. Sangre nueva sobre el viejo camino. Nada grave. Sólo texto para el cuento que comenzó Gonzalo. En vía hacia Canterbury, ya sólo quedaba el último relato del día, el del sprint junto a la catedral. Lo cuenta Freire, séptimo al final: «Me he colocado bien, pero los de delante nos hemos frenado un poco y por detrás venían lanzados». Le pudo la inercia. En su grupo no se fiaron de la última curva. No era su día. «Esta mañana, el forúnculo no me molestaba mucho». Malo. Freire llega mejor desde la desgracia. Cuanto peor, mejor. «Pensaba que era una buena jornada para mí». Malo también. Le va mejor el pesimismo. Así ha cosido tres mundiales.
En el cuento del sprint también colabora otro cántabro: Fran Ventoso, noveno en la meta. «Me he colocado bien cuando faltaban 500 metros y hasta que quedaban 300». Se sentía con pólvora para escribir. Pero ahí, una duda le detuvo. El giro final tapaba la pancarta. Tenía que calibrar a ciegas. La mayoría pararon y Hunter se precipitó. «Por detrás me ha tocado McEwen». Claro. El que venía. Formidable. El que no mira. El velocista eterno que ayer ganó su decimosegunda etapa en la ronda gala -igual que Erik Zabel-. McEwen es el prototipo del ciclista nómada, australiano. Peregrino que conoce como nadie los caminos más espinosos del Tour. Él firmó el último cuento de Canterbury.







