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MARISOL SANTIESTEBAN, INVESTIGADORA DE LA UNIVERSIDAD DE CAROLINA
«Después de veintiún años, mi madre aún me pregunta cuándo vuelvo»
Tras vivir y estudiar siete años en Francia, el destino quiso que acabase en EE UU, donde investiga y da clases de Biología
08.07.07 -
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«Después de veintiún años, mi madre aún me pregunta cuándo vuelvo»
UNIDOS. A la familia de Marisol le encanta dar paseos por el pueblo de Charlotte Sville.
«Casi no hablo castellano». La voz de Marisol Santiesteban suena a disculpa desde el otro lado del océano. Lleva ventiún años lejos de Zalla, la localidad vizcaína que la vio crecer y donde degusta jamón serrano cada que vez que regresa «por Navidad», como en el sonado anuncio. Su primer viaje lo hizo nada más acabar la licenciatura de Bioquímica en la Universidad del País Vasco. El destino fue Francia. Sin embargo, su vena aventurera apuntaba más alto. Quería investigar y para eso nada mejor que volar a Estados Unidos. Dicho y hecho. Ahora reside en Charlo-tte Sville, un pueblo del estado de Virginia, donde cumplió su sueño: «Una casa con jardín», que comparte con su marido Peio y sus tres hijas. Pero toda historia tiene un principio, y la de Marisol empezó en un autobús que se dirigía a la ciudad de la luz.

Una llamada de teléfono cambió su vida: «Casi toda mi promoción presentamos una tesina, una especie de currículum, para una beca del Gobierno vasco en Francia. Al principio no me seleccionaron», recuerda. Todo fue un error. «Yo creía que era porque tenía un nivel bajo de euskera, y reclamé. A los pocos días de formular mi queja, me llamaron y me explicaron que el problema estaba en que se había traspapelado mi solicitud, y que estaba elegida». Sólo seleccionaron a dos. Así empezó su periplo hacia la capital gala. «Me fui sola y todo fue un desbarajuste. Tenía sensación de emigrante con mi maleta en la mano. Y al llegar allí tuve que buscarme la vida».

Pasó cuatro días en un hotel haciendo «miles de llamadas». El objetivo era buscar un apartamento para evitar más noches vacías. «Al principio lloré mucho», evoca. Pero todo cambió cuando conoció a un amplio grupo de estudiantes vascos de Sarriko. Sólo iba a estar un año y, finalmente, fueron cinco. «Me quedé para hacer un máster de análisis de imagen, en el que trabajaba con el ADN y el telescopio». Un largo aprendizaje que encontró su fin.

«En un 'palacio'»

Un hueco en la Universidad de Virginia, donde reside desde hace catorce años, cambió su rumbo. «Me fui a Norteamérica porque tenía interés en trabajar en cromatina y con los genes». En esta nueva aventura no se fue sola. En la ciudad del amor halló el suyo. Un guipuzcoano se cruzó en su camino y, antes de marchar a Estados Unidos, se casó con él para «obtener el visado porque, de lo contrario, no podía entrar aquí». Convertidos en marido y mujer, empezaron una nueva andadura en Virginia. Él como profesor de español en un colegio privado de chicas y ella como bióloga. Al principio vivieron en una residencia estudiantil para familias. Y a los dos años, se trasladaron a su actual casa, «un 'palacio'», como la definen entre risas sus amigos vascos. Ahí viven con sus tres hijas: Julia Miren Laura, Isabel Ainhoa y Ana Paula. «Es que es habitual registrarlas con varios nombres», explica.

Ahora ha conseguido cumplir con sus expectativas profesionales. Le han ofrecido un puesto como profesora titular en la Universidad de Carolina para dar clases de Biología Celular y Molecular. «Nos mudamos la semana que viene». Un sueño a medias, porque a ella le gustaría más dedicar todos sus esfuerzos a la investigación y, si es en su tierra, mejor todavía. No es la única que mantiene la esperanza. «Después de tanto tiempo fuera, veintiún años, mi madre aún me dice cuándo voy a regresar».
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