
Eso será para los coleccionistas de números, pero Nadal y Federer tienen un objetivo más material. Ganar hoy un partido que les llevaría a poner su nombre como vencedor de uno de los torneos de Wimbledon más decepcionantes de la historia. El clima lo alteró todo. Desde el momento en el que se conoció el sorteo, se supo que el camino de Rafael Nadal no sería tan plácido como el año pasado, cuando muy pocos esperaban verle en la final. Pero nadie contaba con que las lluvias provocasen tanta incertidumbre o sesgo en el calendario de la competición.
Nadal ha pasado casi toda la quincena en el club y muchas horas en el vestuario esperando jugar. Que no se jugase el soleado domingo, cuya tradición de descanso el All England reiteró, le irritó porque veía cómo se cegaba su vía hacia la final con una segunda semana cargada de partidos contra rivales difíciles.
Mientras Nadal disputaba su agrio maratón con el sueco Robin Soderling, entre claros del cielo durante cuatro días con sus cuatro noches, Federer, que ya se había clasificado para cuartos, pasaba los días en su casa. Peloteaba un rato para no perder el toque y el ritmo, se cortó el pelo, vio cine, fue un par de veces a la costa.
El viernes, las cosas cambiaron. Nadal, que había salido de un serio apuro cuando el ruso Youzhny se rindió a su empuje y a un dolor discal, pudo esta vez despachar en tres sets a Berdych, mientras Federer reaparecía en Wimbledon. La gente se preguntaba si tan larga ausencia habría mellado su juego mientras era obvio que Nadal ya tenía el ritmo.
No fue fácil saberlo porque Federer perdió el primer set del torneo, contra Juan Carlos Ferrero, que le plantó cara en las dos primeros rondas en una condiciones muy malas, con vientos fuertes en las pistas. Con Nadal y Federer en las semifinales, el clima y el calendario volvieron a hacer el resto.
Ayer, se las tenían que ver respectivamente con Novak Djokovic y Richard Gasquet. Cuando preguntaron a Nadal el pasado viernes, puesto que se quejaba del calendario, cómo resolvería el dilema de ayer -las semifinales de hombres y la final de mujeres, el mismo día-, Nadal respondió con su franqueza habitual: las semifinales de hombres a la misma hora y, después, las mujeres.
Hubo risas en la sala, porque sonó demasiado directo, los hombres por delante y las mujeres, detrás. Pero los organizadores adoptaron el mismo criterio y perjudicaron notablemente a Djokovic, que había jugado nueve horas y media en los dos últimos días, y a Gasquet, que terminó a las ocho del viernes su maratón de cinco sets con Andy Roddick.
Retirada de Djokovic
A las doce comenzaron las semifinales y la de Nadal había terminado en menos de dos horas. Djokovic mostró en el primer set, que ganó 3-6, el juego que le ha llevado al número 3 del ránking; Nadal ilustró en el segundo, 6-1, su capacidad de combatir e imponerse; y todo acabó cuando de nuevo dominaba el tercero.
El serbio ya había pedido asistencia al final del segundo set y, aunque se le ha achacado que pide ayuda médica como estrategia de ralentización de un partido cuando no avanza a su gusto, esta vez todo terminó en una retirada: una ampolla infectada en el dedo meñique del pie izquierdo resolvió el partido.
Gasquet llevó a Federer hasta el 7-5 en el primer set, pero desde allí todo fue un descenso acelerado. Le dolía mucho el talón de Aquiles, le dolía la espalda. Los dos finalistas del año pasado habían llegado al sábado, por caminos tan divergentes, con la suficiente frescura para rematar a los 'inválidos'.
Ahora, se ven de nuevo las caras en la pista central. Nadal dice que en los últimos meses está jugando mejor que nunca y que «quizás el año pasado me vino todo por sorpresa y quizás en la final me faltó un pelo de convicción; eso no va a pasar esta vez». El suizo decía ayer que es muy difícil saber si Nadal juega mejor que el año pasado. Lo que no dijo es que él tampoco sabe si será verdad lo que mucha gente empieza a pensar. Que este Nadal puede difuminar las barreras del tenis en tierra batida y en hierba y poner fin al dominio de Federer en Wimbledon. Ocurrió antes a todos, desde Bjorn Borg a Peter Sampras.







