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Cancellara ajusta el Big Ben
El suizo bate a Kloden y a Wiggins, el favorito del millón de espectadores que decoraron la salida en Londres
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Cancellara ajusta el Big Ben
IMPARABLE. Cancellara traza una de las curvas. / EFE
Aquí, en Londres, junto a un meandro del Támesis se levanta un viejo observatorio. El de Greenwich, el que da nombre el meridiano. En su patio hay trazada una línea imaginaria. Es la que sirve de referencia para cualquier otro punto del planeta. Todo mide según su distancia a Greenwich. O no, según Fabian Cancellara. Aquí también, en Londres, se eleva el Big Ben. El reloj dorado. El que marca la hora de la capital. O no, dijo ayer Cancellara. Un millón de ingleses barajados por el prólogo del Tour confiaban en la proverbial puntualidad de los suyos, del escocés David Millar o el londinense Bradley Wiggins. Pero el Tour se salió ayer de la raya del Meridiano de Greenwich. La dibujó a su manera un suizo. Cancellara, otra vez, como en 2004, escribió la primera entrega de la carrera. Suiza es un país exacto, fabricante de relojes. El Big Ben de los británicos Wigging y Millar atrasaba. Cancellara lo ajusto: 8 minutos y 50 segundos para 7,9 kilómetros por un resumen del mejor Londres. En medio de una fiesta popular, el suizo corrigió al Big Ben. Es su profesión: ir contra el reloj.

El prólogo zurdo -aquí se conduce por la izquierda- movió el péndulo de la carrera. La etapa más breve también cuenta. Descuenta. Sin curvas para el azar o el riesgo, Londres midió a los favoritos: Kloden fue el mejor, segundo tras Cancellara. A trece segundos. A otra decena entraron Hincapie, Wiggins, Gusev y Karpets. El líder de Kloden, Vinokourov, acabó con 9.20, a 17 segundos de su gregario, pero con tres de ventaja sobre Astarloza, cinco sobre Contador, seis sobre Evans y siete sobre Pereiro. Leipheimer y Menchov se fueron a 9.30 -peor que su delfín Contador-. Valverde, aturullado ante la polémica que le persigue, tardó 9.33. Moreau (9.39), Sastre (9.46), Schleck y Zubeldia (9.47), Mayo (9.50) y Antón (9.52) no se adaptaron a conducir por la izquierda. El prólogo, siempre avaro en kilómetros, fue ayer generoso con el tiempo repartido.

Tarde de fiesta

Como Londres con el Tour. Los 500.000 ejecutivos encorbatados de la City se subieron a las vallas. Y con ellos otro medio millón de entusiastas. Hace mucho, en 1884, en Hyde Park se registró la primera manifestación inglesa. Ayer pasó por allí la última. Un gentío multirracial le dedicó al Tour la hora del té. Tarde de verbena. En Hyde Park hay también un cementerio para animales. Por una tarde, el Tour enterró allí a 'Birillo', el perro que puso apodo a Basso en la 'Operación Puerto', y a 'Bella', el cachorro de Jaksche. Por un día, el ciclismo dejó de ser un deporte precario y pedaleó en plenitud. A lo grande. En Londres. Fiesta por Scotland Yard, el Big Ben, la Abadía de Westminster, el Palacio de Buckingham y Hyde Park. Por la coordenadas de la memoria colectiva de la capital.

A la celebración sólo le faltó la puntualidad inglesa. Cuando Cancellara y Wiggins partieron de la rampa, el prólogo de Londres salió a subasta. A Wiggins le mecía su ciudad. Retumbaba bajo su casco el estribillo de 'Live Forever', la canción de su grupo preferido, 'Oasis'. El chico, con cara de personaje de Dickens, ha sido tres veces campeón olímpico en el velódromo. El señor del añillo. La Reina le vio pasar ayer desde Buckingham. Allí le concedió tras los Juegos de Atenas la OBE, la Orden del Imperio Británico, por su tesoro olímpico. Wiggins pedaleaba ayer sobre los 7,9 kilómetros más importantes de su vida. Su gran cita. Y llegó tarde. Antes lo hizo el alemán Kloden, que empieza a pedir permiso para volver al podio de París, y antes apareció Cancellara, el relojero suizo. Puntual por tradición.

Cancellara siempre llega pronto. Pronto, a los trece años, dejó el fútbol y le 'robó' a su padre la vieja bici del garaje. Enseguida fue campeón del mundo juvenil en contrarreloj. Y pronto dejó la escuela: nada más recibir, con 18 años, la oferta del Mapei promesas. En 2004 le enseñó su reloj a Armstrong en el prólogo del Tour: dos segundos más afinado. Y ayer, con una coreografía perfecta, milimétrica, entre fuerza y destreza, manipuló la manecillas del Big Ben. Las pisó. Con su 46 de pie. De gigante. Su huella es el primer Meridiano de este Tour.
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