
Doy por hecho que un sector de aficionados no cree en la factoría, creo que incluso vendería los terrenos deportivos a un proyecto tipo Lezama d'Or, con urbanizaciones, el balneario de agua dulce más grande de Euskadi, calles con nombres como Iribar o Venancio, en definitiva, un paraíso para que los niños se hiciesen acuáticamente en el País Vasco.
Pero no, eso no ocurrirá. Porque nuestros futuros dirigentes tendrán que cuidar Lezama como lo hicieron sus antecesores. Lezama es nuestra masía, donde los niños entran para aprender una filosofía, una forma de vida que les ayude a ser futbolistas. No todos llegan a ser monjes, pero los once que defiendan cada semana la camiseta rojiblanca sentirán ese poder. A lo mejor pasaremos años sin un 'Dalai', pero en esos pequeños saltamontes reside nuestra esencia, nuestra fuerza, nuestra razón de ser. Son el futuro.









