
Danzas, fanfarrias, trikitrixa, rosquillas... La villa jarrillera se convirtió enseguida en un hervidero de gente y nadie quedó ajeno a la tradición. Y eso que la fiesta había comenzado mucho antes. De madrugada no cabía un alfiler en el casco antiguo. «¿Viva la Virgen de la Guía!», gritaban las cuadrillas. A medianoche, todas bajaron en fila tras la Banda Municipal al son de un pasacalles. Los jóvenes -cogidos del hombro- avanzaban por Coscojales derrochando alegría. Abajo ya sonaba la verbena, que puso punto y final con el tradicional txupin.
Muchos foráneos observaban ayer con asombro el derroche festivo. «No sabía que se viviera con tanta pasión», confesaban Alberto Ramírez y su familia getxotarra, que pasaron el Puente Colgante para empaparse del festejo y acabaron como unos portugalujos más. La empinada bajada de Coscojales se tornó en el centro de operaciones. Trago va y trago viene, la marabunta dio rienda suelta al júbilo. Otros, preferían el concurso de marmitako o el alarde de danzas antes de darse el atracón correspondiente.
Música en el metro
Para entonces, ya estaban izados los clásicos Dominguines. Son dos grandes muñecos de trapo que penden de una cuerda en el recinto festivo. Esta vez, la organización -a cargo de la sociedad Berriztasuna- también hizo un hueco para el deporte rural. Ortuella y Gallarta se midieron por la tarde en una prueba más del campeonato de barrenadores.
Metro Bilbao se sumó a la festividad con música en directo. El conocido ochote local Danok Bat ofreció un concierto a mediodía en los bisoños andenes portugalujos. Cuando los vagones cargados de visitantes arribaban a la estación, el grupo rompía a cantar. Su repertorio de clásicos populares hizo las delicias de los sorprendidos viajeros, que tararearon al son de 'Botecito, botecito', 'Boga boga' y 'Ume eder bat'.








