Como la ignorancia es atrevida, no se dan cuenta de que no han inventado nada, de que cada una de sus trampas y de sus traiciones y de sus infamias, cada una de sus estratagemas largamente diseñadas o de sus delirios espontáneos, cada una de sus teorías peregrinas, de sus acciones viles o de sus gestos sórdidos, cada una de sus pretendidas aportaciones y de lo que para ellos son descubrimientos tiene un antecedente y un patrón arquetípico en el pensamiento occidental, en la ciencia de las religiones y de los insectos, en los más negros capítulos de la historia de nuestro continente y del género humano.
Nada de nuevo tiene su ideario ni en nuestra cultura ni en nuestra barbarie. Nada de inédito ni en sus orígenes ni en su desarrollo, ni en el mañana negro que necesariamente le aguarda y que asimismo construye, ni en sus tesis ni en su sentimentalidad atroz, ni en sus tácticas ni en sus errores, ni en sus tics ni en sus comportamientos estudiados. Lo que han hecho siempre, en contraste con el pudor de los cultos, de los dignos y de los justos es pronunciar sus sueños en voz alta sin medir las consecuencias de éstos, circular a gran velocidad en el populoso mercado de las utopías sin temor a atropellar a la multitud, sin mirar qué o a quién se llevaban por delante en su rectilíneo y bárbaro trayecto o -peor aún- plantear como proyecto edénico, como plan utópico el mismo atropello de los otros y llorar desconsoladamente porque tal fechoría política no se podía cometer de un modo lineal y continuado. Creen que no hemos ido cuando estamos de vuelta de su sueño. Y se fingen de vuelta del nuestro cuando no pueden estar de vuelta de nada porque nunca han ido a ninguna parte.







