
30 de junio. Aeropuerto Internacional de Miami. Estamos en tránsito hacia El Salvador, invitados por el padre Ángel y Mensajeros de la Paz para comprobar in situ la impagable labor humanitaria que esta ONG realiza por toda Iberoamérica. El viaje -que ya ha pasado por Guatemala, Perú, Bolivia y Panamá- debe llevarnos hasta República Dominicana, Cuba y México.
La sala a la que nos conducen se encuentra repleta de hombres y mujeres de toda raza y condición. Las caras de los policías son más tensas de lo normal: los atentados en Glasgow y Londres han desatado el temor entre las autoridades estadounidenses, que -según sabremos al final de esta odisea- han elevado la alerta al nivel naranja en los aeropuertos ante la posibilidad de un atentado coincidiendo con el 4 de Julio, fiesta nacional.
Pero por el momento no se nos ofrece explicación alguna. Únicamente nos recuerdan que no estamos retenidos, pero que, mientras dure la inspección nos está terminantemente prohibido hablar por teléfono, tomar fotografías, permanecer de pie o dirigirse a cualquier agente del orden.
Cada diez minutos, un policía pronuncia varios nombres y los llamados se alejan con él. Muchos de ellos han sido escogidos aleatoriamente y se los llevan sin informar a los familiares. Ése es nuestro caso y el de Joan, un joven catalán al que han retenido, mientras su novia, de apenas 22 años, espera al otro lado. «No han dejado que me acompañase porque al no estar casados, oficialmente somos unos extraños», se lamenta, mientras su reloj le informa que ya no llegará a tomar el vuelo a Boston.
Al cabo de una hora, debemos seguir a dos funcionarios -un hispano y una grandísima mujer de color- que ni siquiera se molestan en comprobar nuestras identidades. De la estrecha sala somos trasladados al otro extremo del aeropuerto de Miami, a una zona abandonada donde se apilan sillas, mesas, fotocopiadoras y archivos viejos. Las consignas son muy sencillas: «Efectuamos una serie de controles. Ustedes no están arrestados y si colaboran todo será más rápido».
«¿Cómo podemos colaborar?», pregunta un joven italiano. Permaneciendo en silencio y obedeciendo una serie de normas. A saber: nada de teléfono ni de alimentos que no sean traídos por la Po- licía, solicitar permiso para ir al baño -de uno en uno-, no formar corrillos y, sobre todo, no preguntar.
Cuatro españoles
Al cabo de otras dos largas horas, el nuevo grupo está formado íntegramente por europeos. Cuatro somos españoles -además de Joan y este cronista, otros dos jóvenes gerentes de hoteles en el Caribe- seis italianos, una familia belga -con un bebé que comienza a sentirse incómodo y al que no se le puede dar el biberón- y un joven inglés que, ajeno al creciente enfado de la comitiva, lee una novela.
El grupo de los españoles permanecemos tranquilos, tratando incluso de bromear para no echar más leña al fuego. Porque los agentes están realmente enfadados. «¿Nos tratan como a terroristas!», estalla uno de los italianos. «¿Qué ha dicho?», responde uno de los funcionarios. «¿I'm a terrorist!», contesta, a voz en grito, el transalpino, ante la mirada aterrorizada de su novia.
«No están para bromas», nos susurra al oído Joan. Y lo cierto es que la broma de aquel joven le ha costado cara. Al cabo de dos minutos, una patrulla entra en escena y se lo lleva. Su novia lo acompañará un par de horas después. «No son ustedes los que dan las órdenes», dicen al resto, que hemos aprendido la lección, y no hablamos durante el resto del 'cautiverio'.
Han pasado siete horas desde que abandonásemos la fila, y el grupo de los europeos -la orden consistía en parar a todo aquel vuelo proveniente de Londres, con población inglesa o cuyo avión hubiera repostado en la capital británica a lo largo de esta semana- somos llevados a otra sala en la que, esta vez sí, se nos devuelve el pasaporte sin hacer preguntas, ni pedir perdón, ni dar explicación alguna.
Sólo una agente, de origen hispano, que acompaña a este cronista hacia la salida del aeropuerto -he sido el último en salir, y la terminal ha sido tomada por centenares de emigrantes, que no encuentran sitio donde dormir-, me explica que «ustedes no saben lo que pasa aquí. Hay mucho temor a atentados. El recuerdo del 11-S está vivo». Y el temor permanece. Aunque por el momento, este cronista tiene otro temor, si cabe más urgente: dónde pasar la noche, y cómo conseguir otro vuelo.






