
Dice Cavalli que Doherty (literalmente) «rezuma una sensualidad de nuevo cuño». Y, en fin, si ésa es la sensualidad que se avecina, doy gracias al cielo por pertenecer a una generación anterior a la de Pete. Sostener que la cara de resaca, de vomitera reciente, de intenso dolor de muelas, de mareo náutico, de lipotimia en ciernes, de mal viaje, etc. que exhibe a diario Pete Doherty tiene algo de sensual es poseer una idea de la sensualidad bastante descabellada.
Si ése es el canon estético que impera en Roma no me extraña que a Dolce y Gabbana su polémico anuncio (un canto al machismo, al 'sadomaso' y, lo que es aún peor, a la antinaturalidad) les pareciera de lo más normalito. Por esa regla de tres, Cavalli mira a Doherty y ve un dechado de sensualidad.
Mira a Moss y le parece estar contemplando a una reina del desierto, cuando a mí lo que me viene a la mente cada vez que los veo, y en especial en esa última imagen en la que aparecen enfangados hasta las rodillas tras acudir a un decadente concierto, es el tango de 'Malena'. Y concretamente esa estrofa que dice: «Tus tangos son criaturas abandonadas que cruzan sobre el barro del callejón...».
Alguien quiere convertir a Pete Doherty y Kate Moss -dos millonarios que juegan a marginales- en los nuevos Sid y Nancy. Puro malditismo de diseño. Que podría ser legítimo, si no fuera tan peligroso.








